sábado, 28 de septiembre de 2013

Ceferino y la radiación de fondo


      Ceferino Rasante tiene un puesto de cupones, en la esquina de la plaza. Tiene 25,2 dioptrías en el ojo izquierdo y 27,4 en el ojo derecho.  Y subiendo. Si se pusiera lentillas serían de culo de botella y no podría ni parpadear. Detrás de sus gafas se ven dos ojillos azules aburridos en una cara de pan, con un bigote setentero trasnochado. Tiene rostro de estar hecho polvo de la cabeza. Como si se hubiese pasado toda su juventud dándole al LSD, pero no es el caso. Ceferino es un hombre de costumbres aseadas y limpias y va hecho un marqués empapado en varón Dandy. Siempre viste pantalones chinos o de vestir con su raya impecable y perfecta como hecha por una plancha con tiralíneas. Camisa de manga larga remangada hasta el antebrazo y desabrochada como un legionario, en invierno y en verano. Es alarmante verlo en enero enseñando la pelambrera del pecho y el cordón de oro con la medalla de la Virgen del Carmen bajo una triste y fría camisa, con cinco o seis grados tiesos de intemperie. Sin chaqueta ni nada. De lunes a domingo va hecho un San Luis, gracias a Enriqueta su madre, que aunque ya está muy mayor, le plancha esas camisas de rayas y esos pantalones a juego. Enriqueta fue maestra de la promoción del 61. Es una mujer menuda, enérgica y hacendosa que se preocupa mucho por su hijo para que vaya por la calle hecho un brazo de mar. Viuda desde muy joven, tuvo que criar a su único hijo sola. Le afectaba mucho que los niños se rieran de él en el colegio debido al ligero retraso mental que sufre. Ceferino no tuvo una infancia fácil pero a base de trabajo duro, su madre está razonablemente orgullosa de él. Nunca fue muy espabilado para casi nada. Sus pocas lecturas fueron novelas del Coyoye y del oeste de Marcial Lafuente Estefanía. El solo hecho de oirlo hablar ya pone en alerta al interlocutor más lince porque a duras penas se le entiende el buenos días o este cupón no está premiado. Con sus amigos es muy cachondo y no se le entiende nada cuando habla con ellos porque rie socarronamente y habla a la vez. Lo que dice crece progresivamente en velocidad y en decibelios y las palabras se precipitan a mucha velocidad como si se despeñaran por un precipicio. Conversaciones de mujeres y de fútbol pero parcas en palabras decentemente enlazadas. Soltero de cincuenta años, aficionado a las putas pero que guarda las formas con su novia homónima en estilo, en dioptrías y en luces. Una mujer con más cara de catequista madura que de novia. Por su rictus no se sabe si está llorando o está riendo. No, yo es que soy asi, dice.

      Los cupones que vende Ceferino, huelen a cigarro More sabor café con un ligero toque de aliento a Soberano y a manos de dedos amarillos manchados de nicotina y empapados en varón Dandy. Tiene siempre un pequeño transistor que le hacen las mañanas más llevaderas dentro de la garita. Ceferino tiene cara de inocente. Cuando tiene el cigarro en la boca y está solo, tararea un soniquete que solo él entiende, que está entre mi jaca galopa y corta el viento y Santa Lucía de Miguel Ríos. A veces tararea la canción de la muerte tenia un precio y se le saltan las lágrimas ensimismado mirando al horizonte. Ahí es donde se ve cabalgando al atardecer por una pradera interminable de Oklahoma. Esporádicamente el soniquete sigue con gente con la que está hablando pero que cuando no le interesa la conversación, desvía un poco la mirada y desconecta para comenzar la cancioncilla de marras. Lo miran como diciendo (WTF?), ¿de dónde diablos viene ese ruido?. Es algo parecido a la radiación de fondo Penzias-Wilson en astronomía. Un ruido de fondo. La gente oye algo parecido a niiiii-niiiiii-niiiiiiiiiininiiiii, pero muy bajito y se preguntan ¿pero este tío está bien?. Eso cuando lo descubren, porque entre el bigotillo, los dientes mordiendo el cigarro y las gafas de culo de vaso es un artista del tarareo indetectable, porque despista a la gente con su cara.. Un tarareo inmisericorde que corta en seco cuando pasa alguna señora jamona y otra vez pone cara de estar cabalgando por alguna pradera de Oklahoma.
                                                      José Miguel Casado ©



 

viernes, 26 de julio de 2013

THE TORRENUEVA DAYS


        El primer día que pisé Torrenueva fue hace más de treinta años cuando apenas había la mitad de gente que ahora. Había dos metros de playa y las sombrillas estaban pegadas al paseo marítimo. Es un lugar que guardas en el corazón desde muy pronto, que recuerdas por el olor a mar y por el color naranja de los atardeceres. Fue uno de mis sitios favoritos donde ví el mar por primera vez y donde contribuí a mi afición por los comics ya que ponían puestos de libros y tebeos como para pasarse las horas muertas mirando y leyendo. Todavía no había inmigrantes vendiendo pulseras ni camisetas. He vuelto treinta años después y he descubierto otra ciudad. Torrenueva es muy kitsch. Es un Hollywood de los 70, salvando las distancias, en el que ves gente que te suena pero no sabes de qué:  Dios mío ¿dónde he visto yo esa cara?. 

     El primer día, tras dejar la “impresionante” autovía inacabada, el calor pegajoso se pega al cuerpo como el napalm y no sabes como quitártelo. Los semáforos es lo primero que ves de Torrenueva, esos eternos candidatos al patrimonio turístico nacional, culpables de tantas opiniones injustas sobre el pueblo. La primera quemadura de sol es en el sempiterno codo izquierdo sobre la ventanilla abierta del coche. Con la derecha manejo el volante y las marchas intermitentes incluidos. El apartamento es un oasis de alivio en un desierto de sombrillas multicolores y arena pegada hasta en el cielo de la boca y otros sitios insondables. Otra alternativa es la playa de chinos en la que andas como Chikito de la Calzada sobre una barbacoa. Pinchan como garfios al rojo. La arena está muy bien para la circulación, dice una vieja. La arena al rojo más. La empatía con los calamares en salsa americana o con las sardinas en lata es un ejercicio entretenido a eso de las una de la tarde sentado en la hamaca cuando has acabado los sudokus y miras a tu alrededor. Todo el mundo apretaico vivo. A siete coma cinco centímetros escasos una mujer que habla a gritos, de unos setenta años, come pipas con sus únicos dos dientes y deja caer las cáscaras en mis sufridos pies. Hasta el final del cartucho. Ahí es cuando echas de menos el garrote barnizado que tienes en casa. Cerca de mi cuadrícula como si estuviéramos dibujados en un papel milimetrado, una pareja de Madrid, con un extraño color lechoso, que no ha salido de debajo de la sombrilla en toda la mañana, llaman a sus hijos a voces y les dan instrucciones como si fuesen niños teledirigidos. Gerardooo, Almudenaaaaaa, venir para acá, meteos en el agua que no os dé una insolacióoon, venid y comed algo. Gerardooo no tires chinooos. Y todo esto con los niños a medio kilómetro y con los padres sin moverse de la hamaca. Les falta el mando para dirigir a los niños para hacer niñomodelismo.

     El baño en el mar Mediterráneo es terapéutico y relajante hasta que a tu alrededor hay más de dos personas y te pones a pensar en la temperatura del agua y en las caras de alivio de la gente. No hay que pensar. No pensar.

     Las personas que genéticamente resisten mejor el sol, son las personas mayores. Los viejos. Se ven dos escalas de colores. La del color rojo y la del color negro. Hay viejos con un color rosa suave hasta un rojo vivo tipo estrella enana roja. Y viejos ligeramente grises, tipo nube otoñal, hasta un negro agujero negro. Su textura es acartonada. Parecen estrellas de Bollywood con sus dentaduras blanquísimas y perfectas para su edad. Y los hijos y los nietos acojonados mirando desde debajo de la sombrilla.

     Hay días que cuando subes la persiana y te levantas dices: vaya día más cojonudo de playa vamos a tener hoy. También te preguntas cómo es posible que la gente se levante a las 6:45 de la mañana para clavar la sombrilla en la arena y se largue para volver a las doce. Como ejercicio empírico hay que decir que el noventa y nueve por ciento de los que hacen esto suelen tener más de sesenta años. Los mismos que ves haciendo ejercicio en los aparatos de gimnasia que ponen los ayuntamientos en las plazas y los mismos que ves corriendo sin correr  y sin que les dé un infarto porque andan más rápido que un corredor de maratón pero sin dejar de andar. Que para eso hay que saber y tener arte.

     A eso de las once me voy hacia la playa embadurnado en cremita con dos hamacas y una sombrilla al hombro. Los críos alrededor y mi mujer con otros dos bolsos grandes. Parecemos porteadores de las películas de Tarzán. De los que se caían por el precipicio. Cero coma dos segundos después de pisar el primer grano de arena empieza una ligera brisa que se convierte en un temporal de Levante, de Poniente o de la madre que los parió a los dos. Y en la playa todos locos como en un concierto heavy. Hablando a gritos y maldiciendo la hora en que olvidaste las gafas anti-ventisca en casa, mientras la familia se agarra a una palmera, ves personas volando como hojas de otoño, enganchadas a su sombrilla o hamacas que parecen un toro mecánico con sus propietarios con las piernas hacia arriba. Un descoque vamos.  

     Tengo que decir que en el tema tapeo hay bares que ponen muy buenas tapas pero a mi me tocó el que no. Llegamos dos personas a eso de la una de la tarde un bar semi desierto. Mala señal. Pedimos dos tercios de cerveza y el camarero con voz de barítono grita ¡ponme dos tapas!. Mientras en la tele ponen los entrenamientos de moto GP. Entretenido. A los diez minutos miro el reloj y pienso: La tapa tarda demasiado eso es buena señal a lo mejor está terminando de hacer unos callos con garbanzos y tortilla, una socorrida carne en salsa, o unas sardinicas de espeto. Pobre iluso. A los quince minutos de aguantar el tercio de cerveza en la mano me doy de cara contra el muro de hormigón del desengaño. El camarero de antes con la voz de barítono, viene muy contento, ¿de qué se reiría el payaso?. Trae un plato minúsculo de salpicón de marisco y dos tenedores. Con más salpicón que marisco. Una mísera pipirrana con aspiraciones. Ataque de furia asesina y destrucción total del maldito bar. Tras salir y limpiarme en la camiseta la sangre del camarero, me voy a otro bar en el que ya si tratan a la gente con respeto.

      El tema de los precios en los pueblos turísticos es algo que los turistas inocentes deberían calcular antes de ir a un apartamento unos días. Regla fundamental: Comprar allí lo mínimo imprescindible. Hay que llevar el coche como si fueramos a Algeciras a coger el ferry a Marruecos. Con los amortiguadores guarníos por el peso de la carga de medio Mercadona de nuestro barrio. Para muestra esta experiencia: -Oh una humilde frutería de barrio. Hay que apoyar los pequeños comercios de barrio. -¿me da este melón? Y me pone también tres o cuatro melocotones. ¿Cuánto es?. -Ocho con veinticinco euros. Dice el frutero mafioso, mientras me acuerdo de su familia. Repito. Un melón y cuatro melocotones, 8 coma 25 euros. Tienen la jeta de estar abiertos hasta las doce de la noche. Y no es una frutería china.

     La noche es un desfile por el paseo marítimo viendo los puestos de pulseras, punteros laser y heladerías. El poyete del paseo se llena de familias que comen helado como autómatas bronceados mientras ven a la gente pasear como el que ve la tele. Hay modelitos de todas las clases. Para bien y para mal.

      Los edificios suelen ser más altos que en la ciudad, bloques de trece pisos en un pueblo que en invierno está casi desierto. A Torrenueva la llaman la playa de los pobres, o de los currantes, aunque hay de todo. Debería llamarse la playa de los jubilados o Mini-Benidorm, incluso. Salvando distancias. No tiene el pijerío de Almuñécar eso sí. Torrenueva es una conexión entre el pasado y el presente de los veraneos familiares de paella de domingo. Es un grato recuerdo de juegos de playa y tardes de polos. Es un déja-vu contínuo que aunque nunca hayas estado crees que has estado. Es lo que de niño te llevabas cuando regresabas a tu casa y te dormías en el coche y te seguían meciendo las olas. Y eras feliz.


José Miguel Casado García ©
 
 
 

viernes, 31 de mayo de 2013

Los cortaos

     Ser camarero de cafetería no es lo mismo que ser camarero de banquetes o de bar de tapas por ejemplo. Significa tener una paciencia de chino y unos nervios de acero para aguantar a los que te piden un cortao de mil quinientas veintisiete formas diferentes. Para el espectáculo hay que apostarse en una esquina de la barra y disimulando desplegar la parabólica. Desde los que piden un cortao y te quedas esperando lo que viene detrás, pero no viene nada. De las pocas personas que piden un cortao sin más. Sorprendente. Lo normal sería: Un cortao largo de café, o bien un cortao corto de café. A partir de aquí empieza el festival: Un cortao largo de café con leche fría de la nevera, un cortao corto de café con una cucharada pequeña de leche condensada. Hay gente que despliega sus dotes de mimo: un cortado largo de café con leche del tiempo, pero poquita, poniendo los dedos índice y pulgar para indicar “poquita”. Una vez llegó uno y dijo “usted haga un café y no tire el marro…con él me hace un cortao largo de café con leche fría semidesnatada. Y se paró el tiempo. Los parroquianos mirando de reojo. Ni el vuelo de una mosca se oía. La virgen qué cosas. Un poco más tarde llegó un hombre con traje y corbata y dijo que quería un cortao corto de café con leche caliente…entera, la leche… y me la trae en una jarrita que ya me la pondré yo. Gracias. También llegó el de las dudas: Uno largo de café con leche fría, -¿desnatada? Dijo el camarero. –No, bueno sí. –Mejor no, corto de café y largo de leche. -¿entera?, -sssí..no! no!, mejor condensada. Luego llegó la macarrónica, un cortao largo de café con descafeinado de máquina y leche semidesnatada del tiempo. El camarero ya empezó con el tic en el ojo izquierdo. El repetidor, un cortao corto de café con agua y leche condensada, ¿se lo digo otra vez? Un cortao corto de café…Posteriormente llegó el caprichoso: con espuma tipo capuchino por favor. El antropológico…un manchao! –perdon? –un cortao con muy poquita leche, en mi pueblo los llamamos asín. El del pueblo…Un trifásico, un cortaito con anís, nene. Los misteriosos en los que el camarero se implica mucho:
 -Un cortadito,
 -¿normal? ¿largo de café?, ¿con poca leche?  ¿con mucha?
- Un cortado le digo. El hombre mira al camarero con los ojos muy abiertos.
  Los de la tacita: un cortao corto de café con leche fría pero en tacita.
  Los del vasito: -un cortao largo de café con leche semi caliente y en vaso.
      --Como un café con leche largo. Anda que los que llegan con la lista de la peluquería de al lado: --seis cortados, un corto, tres largos, dos con agua, uno descafeinado, tres con leche condensada, un trifásico y un bollo. Y remata la peluquera –Ay que cansada estoy. Ayer salí ¿sabes?. Acto seguido compruebo que el camarero en vez de echarse a llorar en la máquina empieza a montar el altarico… -dos con agua, un descafeinado, -Pepe vete poniendo los azucarillos. La verdad es que hay camareros que con esa retentiva deberían trabajar de controladores aéreos o de astronautas, como mínimo. En casa hacemos el experimento y que alguien nos diga una comanda y cuando la estemos haciendo que nos digan otra diferente. No acertamos ni en el color de la leche. Solo decimos –oído nene. Nervios de acero, autocontrol y pensar como Bruce Lee, es lo que se necesita (-Like a water, like a teapot) para no acabar repartiendo guantazos…uno corto de café con una nube de leche, pero vista y no vista… unas gotas eh?... ¿tiene leche en polvo?, hay una francesa muy rica. Y el último: Largo de café con descafeinao de máquina con espuma y leche semidesnatada del tiempo y con sacarina por favor. Aséptico el hombre. Estoico el camarero.
                                        
                                                                    José Miguel Casado ©

                                                              

 

sábado, 23 de febrero de 2013

ARCO


 
           Decía con muy buen criterio, Pablo Picasso que “un pintor es un hombre que pinta lo que vende y un artista, en cambio, es un hombre que vende lo que pinta”. Por eso existen algunas ferias de arte. Lamentablemente vivimos en un tiempo que de tanto reciclar, reciclamos de manera inmisericorde el razonamiento de las cosas hasta convertirlo en serrín. Materia prima muy abundante en nuestro país y primer exportador a nivel mundial. Me huelo que alguien que no comulgue mucho con alguna que otra vanguardia artística del siglo pasado o de este, sea tachado de abuelete cebolleta. Me temo que sea despojado de las pocas pero dignas vestiduras de juicio artístico que tenga y se le destierre al descrédito más absoluto en cuanto opine sobre arte. Si criticas lo abstracto o lo figurativo, es que no sabes de arte. Eres un cero a la izquierda artística del arte. Vamos a ver. Joyas literarias de críticos de arte como: “La tela está totalmente cubierta de color en expresión estilística de un absoluto horror vacui”, sobre un cuadro de Pollock de 2,69 x 5,30 metros. Que se dice pronto. El consagrado Pollock. El aspecto del cuadro parece una tela a la que le han cagado todas las palomas de Madrid y de Barcelona juntas en una fiesta palomera. Eso vale diez o veinte millones de euros, no sé su precio pero por ahí andará. Una vez dicho esto se me arrojará al foso de los leones de la intelectualidad artística (risas) del país,  porque creo que hay mucho fraude y mucho timo enquistado en el arte desde finales del XIX hasta hoy. Es lo que pienso. A partir de aquí te tachan de facilón, de demagogo y de previsible, para arriba. Como una cosa no entre por los ojos y la critiques eres un populista inculto y cavernícola. Un zote del arte. La realidad es que hay más pintores abstractos y figurativos que perros descalzos. Desde mucho antes de la crisis por si suena la flauta y algún millonario ventoleras les compra la obra por un buen precio. Y el autor seguirá sin saber dibujar una O con un canuto, toda su perra vida. ¡Ah la picaresca!. ese menester patrio tan antiguo y rancio como una ramera vieja. Pongámonos migajas en la ropa para que vean que hemos comido aunque nada tengamos, que hidalgos somos y hay que parecerlo. Apuesto mi mano derecha y no la pierdo, a que muchos de estos nuevos artistas, ni-nis tardíos, benjamines bisoños del arte de la estética y la coquetería de instituto, no saben ni lo que significa la palabra “figurativo”. Y con cuarenta y tantos largos.
      La feria de arte ARCO que acaba de celebrarse en Madrid es un circo más grande que el de los payasos de la tele. Que no andarán muy lejos. Los payasos del arte, digo. El incauto espectador que espere encontrar algo que tenga que ver con el arte, yerra de pleno. Allí podemos ver desde una caja rota de madera de verdulería, de los 80 eso sí, si no, no vale,  tirada en medio del suelo, también una bolsa llena de basura con su espacio vital y todo o una habitación vacía con el único arte de un agujero a modo de ratonera en un rincón. El alma se te cae al suelo y no la vuelves a ver.  Si hablamos de las “performances” hablamos ya de belenes vivientes. Y la gente se queda mirando como cuando ve una película de Isabel Coixet que al terminar la sesión miras al de al lado y te ríes y luego te lamentas en silencio mirando al cielo. No quiero ni pensar lo que esta bazofia le cuesta al contribuyente que si no, habría guantazos. Cambiaría la R de ARCO por una S con los ojos cerrados y gratis.
      El artista madrileño Eduardo Arroyo dijo hace tiempo que las críticas a Arco “van a arreciar” mientras no disponga de una “independencia” y “unas reglas de juego claras”. Confirmó que el certamen no debe caer “ni en el falso vanguardismo ni en la arrogancia” porque “pueden producirse disidencias”. La homóloga de ARCO en París (FIAC),  ya tiene una feria paralela y disidente, Art Paris, por culpa de lo mismo que pasa en ARCO. Feria mercantilista con una forma rara de “cómo se hacen y cómo se nombran los jurados” según Arroyo. Seguimos igual en el diagnóstico y en el tratamiento. Todo vale en la cueva de los mercaderes con tal de vender. Me arriesgo a que me pongan el traje espinoso de la incultura artística más cerril porque no te gusta Jackson Pollock. Que por lo visto se abstraía mucho y liaba unos follones impresionantes cada vez que pintaba un cuadro. Sus emuladores de ahora también la lían parda a la hora de abstraerse y levitar, pero sin quitarse el euro de la cabeza y así les sale. Por eso se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Yo no es que sepa mucho sobre arte ni sobre casi nada, pero el año que viene en ARCO me temo que nos darán más patadas en la cara. Más patadas a nuestra vergüenza llena de remiendos y de costurones. Que el Señor nos coja con el estómago vacío por si hay que potar y con suerte alguien nos compra la performance.
                                                                              José Miguel Casado ©
 
 

 

viernes, 25 de enero de 2013

Spiderman gordo


         Hace poco vi la última película de Spiderman y sinceramente no me gustó. El verdadero Spiderman soy yo. Lo que pasa es que con los tebeos y el cine se han exagerado mucho las cosas. Yo no había nacido cuando Stan Lee sacó el primer tebeo del hombre araña, allá por el 62, lo reconozco. Cuando me picó la araña radiactiva yo tenía veinte años. Al principio no sabía qué hacer pero busqué el teléfono del “padre” de Spiderman, Stan Lee y tras muchos rompimientos de sesera, lo llamé y se lo dije. Mira Stan me pasa esto, y me dijo que estaba loco de los nervios, pero nos vimos. El viaje a Nueva York con la familia fue muy bonito. Menos mal que no lo pagué yo, gracias al video que le mandé con mis poderes. La estatua de la libertad es más pequeña y más verde de lo que yo creía. Mi entrevista con Stan, fue en la cafetería en la que no tenían café, solo había whisky. Después de una accidentada demostración en vivo de mis superpoderes por los rascacielos de Nueva York, le dije que el mejor Spiderman lo dibujó Steve Ditko seguido de John Romita pero también le dije que lo iba a denunciar porque el hombre araña soy yo y tengo los mismos poderes o más que el de la película. Me parto los piños de verdad, así que quería mi parte del pastel. Todo esto acojonado no por el viejo Stan, que tenía setenta tacos cuando nos vimos sino por el armario empotrao de su guardaespaldas que no me quitaba ojo. Me dijo que aceptaba pero con la condición de llamarme Peter Parker y dejar de llamarme Jose Miguel. A mi madre no le va a gustar, le dije. Pero firmé. De esto hace ya veinte años. Imaginemos un hombre de veinte años con superpoderes por todo el cuerpo pecador de la pradera. Por todo. El protagonista de la última película del hombre araña es un tipo que parece sacado de un campo de concentración. Su tia May o lo tiene a dieta o el tio no es de mucho comer. Cuando la araña me picó no fue en ningún laboratorio raro de experimentos ultrasecretos de ninguna empresa privada financiada por un millonario bipolar. ¿Se imagina alguien a científicos españoles experimentando con arañas?, ¿o experimentando con nanotecnología?, ¿o experimentando simplemente?. Ni con arañas ni con mariquitas. Aquí no se invierte ni en el boli bic que escribe la I de la I+D+I. Así la fuga de cerebros es como un sarampión mal curado, que te rascas una roncha y te están picando ya cinco en las antípodas. El día del picotazo fue todo muy rápido. Recuerdo que sucedió un lunes a eso de las siete de la mañana, antes de ir a mi trabajo eventual. Al sacar el vaso de colacao del microondas ¡zás!, sentí un pinchazo en la palma de la mano. La araña murió de un pisotón pero murió picando. En el trabajo empecé a sentirme mal. Me dolía la cabeza y todo fue como lo que pasa en la peli. Calcado. Al llegar a mi casa no encontré las llaves y el dedo se me quedó pegado al timbre. Cuando me resbalé en la ducha y me salvé de un costalazo letal con una postura del Circo del Sol, empecé a preocuparme. Eso fue hace veinte años. Cuando me pasó todo esto, pesaba quince kilos menos. No soy americano. Para eso de los kilos los americanos son muy radicales o no engordan ni en un bufet libre de cinco comidas diarias, o están como planetas. No hay término medio. En esa época iba en bici, corría, tenía un trabajo eventual, iba al gimnasio, etc. Cuando veo al hombre araña americano hacer el pino en el filo de la azotea de un rascacielos, me llevo las manos a la cabeza y me entra un cosquilleo que me doblo. La última vez que hice eso fue en el tejado del ayuntamiento de mi pueblo ya como hombre araña autóctono. Perdí pie y me quedé colgado de las manecillas del reloj como Harold Lloyd. La gente miraba para arriba. Yo oía con mis superpoderes hasta lo que pensaban. Comentarios como, está loco se va a matar, o es que van a arreglar el reloj o, tengo que comprar el pan y un kilo jureles. Pero nadie dijo nada de ayudar al pobre muchacho que estaba colgado del reloj. Todo esto con un pijama rojo y azul de Spiderman claro, pero más chungo. En realidad eran unas mallas de running y un pasamontañas. Con el tiempo decidí prescindir del traje y todo ese rollo de héroe enmascarado y decidí ir de incógnito. Mimetizarme con el entorno. Cerveza y tapas de vez en cuando para despistar. Ser un transeúnte más. Un transeúnte con superpoderes. Un Spiderman secreta.
     Cuando eres un superhéroe estás muy solo y como no hay un sindicato o un bar de superhéroes donde hablar de nuestras cosas, tienes un inmenso mundo interior. Mi psicoanalista se coge unas palomitas y una cerveza cuando me está atendiendo. El tema de la gordura es la normal en una persona normal, aunque yo no sea normal. Lo que pasa que a mi estos superpoderes me dan mucha hambre. Es una reacción interna. Un mecanismo de defensa. No se si es por la producción de la tela de araña que me sale de las muñecas o por el entrenamiento.  Entrenar no entreno mucho. Lo típico en un hombre de mediana edad con mi físico. Lo que pasa es que si me pusiera a entrenar en serio se descubriría todo el pastel y eso es algo que un superhéroe tiene que llevar a rajatabla. El anonimato. Mi mujer no sabe nada pero se huele algo. Aquella vez que se le iba a caer la tarta de cumpleaños cuando resbaló y la cogí a ella, a la tarta, a la bandeja y a la botella de fanta con los vasos sin que nada tocara el suelo, me miró raro. Ahora no tengo la agilidad de antes. El Spiderman de los tebeos no envejece el muy cabrón. Hay superpoderes que hacen que no envejezcas pero yo si envejezco, aunque más lentamente. Tienes cuarenta y aparentas treinta y nueve. Es un proceso más lento. Además aunque tengas superpoderes te vuelves un hipocondríaco con la edad y al mínimo dolor ya estás en el médico. Cuando estás en la consulta don Ramón te dice con una sonrisa socarrona ¿pero otra vez por aquí?. Este es el pago por pasarme la infancia y la juventud leyendo tebeos de la Marvel. El caso es que la gente todavía ve las películas de Spiderman y sigue leyendo tebeos y viendo dibujos animados de superhéroes. Algo es algo. Y sé de buena tinta que hay más superhéroes ahí fuera. Pero eso solo lo sé yo.
                                                                                 José Miguel Casado ©
 

miércoles, 16 de enero de 2013

Ultramarinos


 
       Las legumbres se dividían pulcras y ordenadas como para pasar revista, en grandes canastos de esparto y cestos de mimbre. Garbanzos marciales, lentejas férreas y responsables y habichuelas desvencijadas. Los bacalaos colgaban del techo secos como la mojama, chacinas ilustres y algún que otro jamón. Quesos como ruedas macizas y morcillas recién hechas de la matanza, salchichones y longanizas. En un aparador había tres bandejas grandes y redondas como tres soles repletos de arenques en aceite y un espejo milagroso encima que multiplicaba lo que veías como si fueran panes y peces. Algún tonel de vino y botellas de vidrio repletas de leche. De las de traeme el casco. Anís y coñac y mantecados en Navidad. Casi todas las dueñas de ultramarinos se llamaban María. Tenía los ojos pequeños sobre grandes ojeras en una cara blanquecina de poco sol. Sobre un jersey de lana gris tenía un mandil gastado de tela de cuadritos verdes. Siempre un lápiz afilado a cuchillo en la oreja derecha y unas manos que sumaban más rápido que el rayo sobre un mostrador de madera tan vieja y sabia como las vigas del techo. El peso Mobba de esos con pesas de un sistema métrico casi olvidado y exacto que lo mismo pesaba kilos de tiempo que kilos de guisantes. Fideos a granel, patatas a granel, días a granel. Sacos de alubias y habas secas para las madres y  tigretones y bucaneros  para los niños. Y los cromos de los danones de la abeja Maya y de don Quijote. La primera vez que supe de las pizzas, cuando María le dijo a mi madre: Llévate esto que es como una torta y le pones lo que quieras y la metes en el horno. La primera pizza de la historia que entró en mi casa acabó un poco accidentada. La segunda salió mejor. Y los primeros espaghettis que ví. Olor a granero, a sal, a aceite y a cosas en conserva. Tomillo, romero y pimentón el Avión. Un niño de puntillas para ver si detrás del mostrador había mar y chocolate o ambas cosas. Siempre luz sepia de pocos watios derramada como líquida hasta el último rincón. Un cuarto kilo de café y medio de galletas también María. La cortina de tubitos de colores era la frontera. Dividía el mundo real de un mundo de olores metidos en papel de estraza y suelo ajedrezado salpicado de granos de maíz. También había un gato despistado con la mirada fija en el niño con gafas y pantalones de pana con rodilleras de escay.

                                                                                                                                                                                              José Miguel Casado ©
 

 

viernes, 4 de enero de 2013

Los Reyes Magos de aquí

      El Papa Benedicto XVI, en su afán de protagonismo dogmático se ha acostumbrado a que la gente se crea al dedillo todo lo que dice.  Según el santo pontífice aparte de que en el portal de Belén no había ni mula ni buey, ha dicho también que los reyes magos no eran de oriente, sino de occidente. Del tope del occidente que se conocía hace dos mil años. De la mismísima Bética o de Tarsis en Huelva. Lo ha dicho en su último best-seller. Me imagino a esos tres hombres no cualificados, el día que les tocó hacer el viaje a Belén. Porque antes de irse estaban en el paro. ¿Que no?.
     Sevilla 8:45 de la mañana. Hola ¿cómo os llamais?, yo me llamo Melchor. Yo soy Gaspar y yo Baltasar. Tu no eres de aquí. No. Soy inmigrante subsahariano de Senegal. Pues yo soy del mismo Cai, del barrio de la Viña. Y yo de Dos Hermanas, dice Gaspar mirando el vestíbulo de la multinacional donde les han citado en Sevilla. Por la megafonía se oye una voz femenina: Señores Melchor, Gaspar y Baltasar vayan a la oficina 1, les está esperando el señor, Zanchez. Hola buenas que nos han dicho en Adecco que viniéramos aquí porque este trabajo está muy bien pagao.  El señor Zanchez, con Z, lleva veinte años en Gobierno Divino S.A. acaba de escribir algo en un pergamino con una pluma de ganso y raudo y veloz se lo ha llevado un mensajero de la agencia de mensajería Seur Tartessos. Les hemos citado aquí, dice el señor Zanchez con Z, para que realicen un trabajo en el extranjero muy bien pagado por cierto. ¿En Germania? Dice Melchor alarmado, porque mi cuñao se ha tirao allí seis meses y se ha tenío que venir más pronto que deprisa porque ya está todo mu trillao. No caballeros, dice Zanchez con Z. En Palestina, pero no se asusten que está muy bien pagao y por la seguridad no se preocupen tampoco. Por mí vale, dice Baltasar, yo estoy ya harto del top manta y de vender paquetes de pañuelos a los carruajes de los caminos. Por mi también vale, dice Gaspar, yo llevo tres años en el paro y con tres churumbeles, así que pisha, dónde hay que firmar. Melchor los mira con los ojos muy abiertos y dice: donde hay dos carajotes puede haber tres asin que vamos ande sea. El señor Zanchez con Z, pasa a explicarles la operación. Ni que decir tiene o por si no lo saben que nuestra empresa trabaja para el Gobierno y lo representamos allí donde haga falta. Ustedes representarán a los reyes de Tartessos, ante la imposibilidad de que viajen ellos en persona por razones de Estado. Les explico. José es un jubilado de nuestra empresa que nos ha hecho durante más de treinta años todos los trabajos de carpintería, entre ellos el harén de Tarsis es obra suya. Ahora se jubila, y queremos hacerle un regalo por el nacimiento de su hijo y por su jubilación.  José vive en Palestina, donde teneis que ir. Los tres candidatos se miran con sorpresa. Ya he hablao yo con Adecco y se os pagará un 50% ahora y el otro 50% a la vuelta. Teneis todo tipo de apoyo logístico y de personal para tan largo viaje. Los regalos que teneis que llevar son tres cofres con oro, incienso y mirra. Otra cosa. A José le gusta el ilusionismo así que también le vais a llevar un juego de magia Borrás, pero antes de dárselo le haréis dos o tres trucos para impresionarlo. Nuestro monitor de magia les enseñarán los trucos. Si hacen bien este trabajo, después pasarán a fijos discontínuos con nosotros. Buena suerte caballeros. Gracias señor Zanchez.
      Una vez en camino, Melchor Expósito, soltero, 45 años del barrio de la Viña de Cádiz, Gaspar Cogolludo, de Dos Hermanas, 39 años, casado y con tres hijos y Baltasar N´Dour 35 años casado y con un hijo en Dakar, Senegal, salen de Sevilla con una comitiva de diez mulas y tres camellos. Los acompañan una patrulla de lanceros tartessos hasta la desembocadura del Guadalquivir donde embarcarán en una trirreme que los llevará hasta el puerto de Tiro en Fenicia. Seguirán ruta hasta Nazaret en Galilea donde se supone que vive el tal José. Luego se llevarán la sorpresa de que la familia no está allí y tendrán que buscarlos si quieren cobrar, aunque sea por medio de una ETT.  Ya dentro del barco los tres compadres y todo el séquito se acomodan como pueden. Entre tanto remero y tanto animal aquello parece el arca de Noé. Me pellizco y no me lo creo quillo, dice Melchor, yo estoy aquí porque no encuentro na de na. Ni de pintor de cariátides joé. Lo que pasa es que el bicho este del barco me marea un poco. No preocuparte, dice Baltasar, yo vine en patera y ya acostumbrado. Melchor está ensimismado como soñando despierto. Lavin pisha que braguetaso hemos dao. Cuatrosientos sincuenta sestersios ahora y otros cuatrosientos sincuenta cuando vengamos. Cazi ná al aparato. Eso si espero estar de vuelta para antes del carnaval quillo. Mi amigo Nicolás también lo llamaron de otra ETT para trabajar en algo parecido. Repartir también mogollón de regalos y eso. Algo parecido a lo nuestro solo que él tenía que hacer el trabajo solo, con un disfraz rojo y en turno de noche. Tenía que ir solo y además estaba gordo como una camella preñada, no sé cómo pudo terminar el trabajo.
     Nazaret, 11:35 de la mañana. La caravana llega a la ciudad un poco azorados y polvorientos por el viaje desde tierras tan lejanas. Un día normal en una ciudad con mercado y gente que va arriba y abajo. Le preguntan estérilmente a un hombre con turbante que les contesta si quieren una alfombra de Mesopotamia buena, bonita y barata insistentemente como unas veinticinco veces. Gaspar lo mira y le dice que es más pesao que un acreedor argentino. Después le preguntan a una mujer que vendía licor de coco ¿José el carpintero? Sí, ahí al lado está su carpintería pero salió hace unos días hacia Judea, con su esposa embarazada, iban en una burra. En la carpintería cerrada a cal y canto había un letrero de “Se alquila este local”. Era una construcción de adobe no muy grande, de unos cien metros cuadrados rodeado de casitas bajas y alguna que otra palmera. Los tres reyes magos se miran con los ojos muy abiertos ¿qué hacemos quillo?, dice Gaspar. Yo que zé qué vamos a hacer habrá que zeguir pa donde zea zi no ya zabeis ustedes. Baltasar dice que ese sitio le recuerda un poco a su tierra pero que él quiere seguir hasta encontrar a José y entregarle su regalo de jubilación. En eso que Melchor le sigue dando vueltas a que este José tiene que ser algo más que carpintero porque la que han liao para entregar un regalo de jubilación no es normal. Que con un reloj de oro enviado por Speed Tartessos hubiera bastao. Pero tenemos que ir tres tios como tres castillos a entregar tres cofrecitos con oro, incienso y mirra. No lo veo normal. ¿Quillo para qué querrán el incienso y la mirra? Pues pa qué va a ser, porque por aquí no escasea y es pa echárselo a los guisos. Pero si no es por José. Es para que veais el poder que tiene una multinacional, dice Melchor con cara de admiración.
     Tres días de camino y tres tormentas de arena después salen de Betania y se dirigen a Belén, la última ciudad antes de entrar en el desierto de Judea. ¿Estais seguros que estamos en el buen camino?. Según el guía Barrabás están en el camino correcto. La noche cae sobre la comitiva de los tres reyes. En el cielo estrellado aparece un resplandor inesperado. Una luz que raya el cielo lentamente y que poco a poco les hace mirar hacia arriba y seguir su rastro. Qué es eso, qué es eso, grita Baltasar desesperado y con los ojos muy abiertos. Joer pisha no me acordaba, dice Gaspar. Baltasar está mirando el cielo asustado como si hubiera visto al mismísimo demonio. Eso es el cometa Halley, prosigue Gaspar. Me lo dijo mi Manolito que le gusta la astronomía y le hemos comprao un telescopio. Sin darse cuenta entran en Belén que es una pequeña aldea, y ven una fogata bajo un dintel rocoso, cerca hay dos mulas y dos bueyes descansando en el suelo.  Allí preguntan a un hombre de unos cuarenta años con barba canosa y túnica marrón. Me llamo José hijo de Jacob. Carpintero de profesión. Bieeeeeeeeeen. Todos estallaron al encontrar a José. Venimos en representación de los reyes Tartessos y de la empresa Gobierno Divino S.A. ¿Gobierno Divino S.A.? pero si yo trabajé en esa empresa más de treinta años. Les hice el harén de Tarsis entre otras cosas.  Nos han mandado para hacerle unos regalos por su jubilación y por el nacimiento de su hijo, dice Melchor mientras mezcla una baraja de cartas. Elija una carta José, que le voy a hacer un truco de magia. Detrás de Melchor está Gaspar ensayando otro truco de magia con Baltasar, pero maldicen la hora en que aprendieron a hacer trucos de magia porque no les sale ni uno. Después de la magia se acercan a ver a una mujer que había unos metros detrás. María, la mujer de José, de unos veinte años, guapísima y con el pelo rubio oculto tras un turbante azul, estaba sentada con un bebé en sus brazos. Menuda gachí dice Baltasar por lo bajini. ¿Cómo se llama el niño? -Vanessa. Melchor, Gaspar y Baltasar se miran y se cuestionan si se habrán equivocado, se cuestionan si el viaje habrá servido para algo y sobre todo si les pagarán los cuatrocientos cincuenta sestercios que les deben. ¿Seguro que se llama Vanessa?. Pero si nos dijeron que iba a ser niño. Y a nosotros, pero se ve que no tenemos esos adelantos todavía, dice la mujer resignada. ¿Ahora como busco yo al ángel que nos dijo que iba a ser niño y que le pusiéramos por nombre Jesús?, porque si me lo echo a la cara le meto dos guantás que se acuerda de mí. Con el montón de ropica de niño que tenemos ya comprá. Un par de pastores que pasan por ahí miran la escena mientras llevan el rebaño al establo y muy educados dicen buenas noches.
                                                                                   José Miguel Casado ©
 
 
 

domingo, 23 de diciembre de 2012

Maricruz final feliz



 

     Días después de la muerte de su padre, a Maricruz le vino el don de predecir el pasado cuando hablaba con su prima en la cafetería. Prima, entre nosotras. Tu has tenido un amante hace poco ¿no?. ¿Ayer a eso de las cuatro y media más o menos?. Lo recuerda como si le hubiera pasado ayer y hace ya diez años. Diez años que se fue su padre y diez años que su prima no le habla desde que se le cortó el café con leche y se fue de aquella cafetería. Maricruz era una de esas mujeres que salía en la tele a horas intempestivas echando las cartas del tarot. Bueno, ya no trabaja en la tele ahora trabaja en la cocina de un restaurante.  Si es que cuando no se dicen las cosas claras se embarulla todo. Resulta que era una pitonisa rara avis, porque en vez de leer el futuro, Maricruz leía el pasado. A su último cliente le dijo que había tenido una culebrina y que tenía ladillas. El hombre se puso como una furia. Oiga que yo no he llamado para que me diga el pasado. Es lo que las cartas me dicen. ¿Y no le dicen nada más?. No. Bueno sí pero es que ayer afanó unos pasteles de chocolate en el Mercadona. De los que hay que pesar en la báscula en una bolsa. Oiga póngame con su jefe, dijo el hombre, que quiero poner unas hojas de reclamaciones. Mi jefe está dormido ahora, caballero. Son las tres de la mañana. Mírese. ¿Qué hace un hombre hecho y derecho como usted llamando a las tres de la mañana a una pitonisa?. Sí, tiene usted razón, pero no me cambie de tema, quiero hablar con su jefe. A Maricruz no se le ocurre otra cosa que darle el número de teléfono de su jefe. Al día siguiente recibió una llamada en la que le conminaban a que no fuera más a leer el tarot por la tele. Estaba despedida. Me da igual –dijo- a gritos por el auricular ¿qué se puede esperar de una tele de mala muerte que solo sabe poner pitonisas y películas porno retro?. De esto hace ya diez largos años.
     En la cocina del restaurante donde está ahora, está bien pero no es lo mismo. Donde va a parar. Todo es un ir y venir que nada tiene que ver con la tranquilidad de estar sentada en una mesa camilla ante una cámara, lejos del bullicio. Calefactor o ventilador, según la época del año y café calentito. Nadie que te meta prisas por nada, solo ella y la cámara. Bueno y el operador de cámara. Llegaba a la tele fichaba a las doce de la noche y hasta las seis de la mañana allí sentadita. En el restaurante, se agobia mucho con las comandas. Cuando no han terminado de pedirle una hamburguesa de buey completa o un entrecot a la pimienta con rábanos trufados ya le están pidiendo una ración de berenjenas con miel o una de calamares y Maricruz se cabrea mucho y le dice a sus compañeros: oye que no me agobiéis que os leo el pasado y veremos a ver quién tiene la sartén por el mango. Mientras hace una bechamel, echa a la freidora las croquetas de la abuela, que es como se llaman las croquetas congeladas de jamón en la carta del menú. Maricruz no echa de menos su época de echadora de cartas en una tele local, pero a veces recuerda con regocijo esas noches al calorcito del calefactor bajo las enaguas de la mesa camilla y un café caliente al lado. Ahora lo que la hace seguir en la cocina del restaurante es mantener el trabajo que tiene porque se considera una privilegiada al tenerlo. Maricruz tiene cuarenta y tantos y desde que tuvo un novio que se llamaba Luís y que trabajaba en un matadero, aborreció a algunos hombres. Luís era un hijo de puta de los muchos que hay que maltratan a las mujeres. El pobre tuvo un triste final cuando terminó de beberse el carajillo que siempre se bebía a las cuatro de la tarde y que Maricruz le preparaba con tanto cariño. Desde entonces su pareja se llama Valentín. Lo bueno que tiene Valentín es que hace todo lo que ella le dice, tal y como ella se lo ordena. Valentín es azul y es un pene vibrador de veinticinco centímetros que compró en una de esas reuniones de taper-sex y que su amiga Mariajo la inició. Cuando está con él se olvida de las prisas del restaurante y de cuando leía los pasados de las personas. Maricruz te recomiendo a Valentín, le dijo su amiga, es más espigado que Mustafá pero no tan grueso y de textura menos rugosa. Lo curioso de Valentín es que tiene tres velocidades y es sumergible. Maricruz no le puede leer su pasado porque no le hace falta y eso en un novio es un potosí.
                                                                               José Miguel Casado ©
 

domingo, 9 de diciembre de 2012

La lucidez de Pedrito


   Lo de este niño no es normal, dice Laura, una madre asustada y sorprendida. No te preocupes mujer será un niño pródigo de esos, dice Javier entre las sábanas. Ay Javier tú todo te lo tomas a broma coño. Se dice prodigio. Niño prodigio, no niño pródigo. Lo que nos faltaba ya.

     Pedrito es un niño que cuando tiene unas décimas de fiebre, es más lúcido que cuando está sano. Habla por los codos desde su cama, cuartel general de los niños enfermos. Como no hace nada, se le ocurren las preguntas más peregrinas mirando al techo o mientras ve los dibujos de un tebeo. Mami ¿por qué el boli que está junto al teléfono nunca escribe? O ¿por qué papá sonríe y entorna los ojos siempre que ve a la vecina?. Pedrito tiene cuatro años y habitualmente cuando habla muy vehemente por algo y no se le entiende nada, su madre pierde la paciencia y sale a buscar corriendo a su amigo Luis Felipe de cuatro años también, que vive en la puerta de al lado, que está en su misma clase y que hace las veces de traductor jurado. Lo de jurado es por la cara que pone el crío de responsabilidad sobrevenida cuando habla con la madre de Pedrito. Los lunes una hora antes de salir del colegio, a eso de las una, va a clase una logopeda para “hablar” con Pedrito y con Marta. Otra niña que habla en noruego antiguo y que no hay Cristo que la entienda. La pobre maestra procura no ponerlos juntos porque sería un diálogo infernal y una espiral infinita de cinco horas. Pedrito es carne de logopeda o maeta golopea como él dice, desde los tres años, aunque cada vez se le entiende menos. Su madre está desconcertada cuando habla con él. Hay veces que lo mira en silencio y se pregunta qué lío tendrá dentro de ese melón que tiene por cabeza para que no se le entienda ni una palabra de lo que dice. Excepto cuando tiene un poco de fiebre que parece un académico de la RAE. Mamáaa traeme una manzanilla con una cucharada de azúcar y que no esté muy caliente que se me quema el paladar. Virgen Santísima piensa Laura asustada. Parece otro niño cuando está malo. El jodío. La madre hay veces que duda si darle la medicina o no. Laura piensa a veces que se preocupa demasiado por el habla de su vástago piensa que lo sobreprotege pero le da igual porque es algo desconcertante. Cuando se pone malo habla bien y cuando está bien habla mal. ¿Por qué a los demás niños no les pasa esto?. Laura recuerda cuando de pequeña una gitana de las que leen la mano le dijo que tuviera cuidado con los niños. Y ella  achaca lo que le pasa a su niño a aquello. No quiere ver la cara de broma que tenía la gitana. Shiquillah ten cuidaico con lo niño que zon mu peligrozoh.      

 

      Los inviernos son muy amenos en casa de Pedrito, porque como se pasa casi toda la época de frío constipado pues al niño se le entiende lo que habla por lo menos mes y medio. Unas décimas de fiebre son mano de santo para su cerebro. ¿Mamá, por qué papá aprieta el botón del mando de la tele tan fuerte cuando se queda sin pilas?. Laura no sale de su asombro y teme que cuando llegue el verano su hijo se convierta otra vez en un elfo del país de los elfos que habla en élfico. Sólo se le entiende mamá, porque mamá en élfico se dice mamá igual que en noruego antiguo. Don Blas el pediatra lo mira muy fijamente tras las gafas de hipermétrope y le pregunta a Laura. ¿Qué tiempo tiene tu niño? o de dice: Este niño tiene las anginas muy gordas. Frases cliché de un pediatra que son como comodines de la pediatría y que sirven lo mismo para una madre cabreada que para una madre sin personalidad. En pediatría o en medicina hay en primer curso una asignatura que se llama “Frases cliché”. O la frase-lema de los pediatras: “Eso es un virus que lo mismo que viene se va. Eso anda mucho ahora”. Un virus que anda, piensa Pedrito que se limita a mirar a don Blas con la boca entreabierta muy serio y con un moco verde asomando por la nariz . Su cabeza le sigue dando vueltas a lo del virus que anda. Babá be quiego ig a caza.

          

                                                               José Miguel Casado ©
                                       
 

sábado, 17 de noviembre de 2012

Samurais de aquí


     La palabra samurai generalmente se utiliza para designar a los guerreros del antiguo Japón, aunque su verdadero significado es “el que sirve”. Todo lo contrario de lo que va significando en España la palabra político: “el que no sirve”.  Los samurais antes de caer prisioneros o antes de que su nombre se viese de boca en boca y de mano en mano como “la falsa monea”, se suicidaban haciéndose el hara-kiri. O el mata-hari como dice mi colega Cipriano alias “trueno gordo”. Se quitaban de en medio ante la vergüenza de rendirse y caer en una vida de deshonor. O de caer en deshonor aunque no se rindieran. Como en España. Inasequibles al desaliento la clase política cae en deshonor sin rendirse, a cada minuto y se regodean de ello. Aquí como el hijo de la vecina sea muy listo y tenga la suerte de llegar a político, se le ponen los ojos en blanco y empieza a dar chillidos de euforia como un niño en una juguetería. Que si comisiones por aquí,  que si recalifícame la huerta de papas que tengo y me la pasas a suelo urbano, que ya te pasaré un pellizco. Para pasar a la posteridad el político patrio se suele hacer un aeropuerto en su pueblo o cerca de su casa. En Alemania hay 18 aeropuertos y están el doble de habitantes que aquí. En España ya vamos por 50. Si hubiera cien provincias habría cien aeropuertos. Aquí a cabezones y a gilipollas no nos gana nadie.  Los mismos que se han dado cuenta de que la gente con honor se suicidaba y empezaba a salir en la tele porque les desahuciaban. Han parcheado una ley hipotecaria que no han tenido las agallas de tocar en más de un siglo, para que familias con hijos no se queden sin casa. Como diciendo no os suicidéis todavía que no os vamos a quitar vuestra casa. Una condición de la nueva remodelación de la ley hipotecaria es, entre otras, que la familia en cuestión debe tener hijos con menos de tres años para que no los echen a la calle. Si el hijo tiene más de tres años ya son sospechosos de tener casa propia y  son carne de deshaucio. Parece que un niño con cuatro años es un privilegio que te saca las castañas del fuego. Pero qué hijos de puta. Qué chapuceros. Esto se va a convertir en un país sin medias tintas. En un pais con dos clases de personas: las que son políticas profesionales y las que no. Es triste pero es así.

      Todavía me encuentro gente por la calle o por otros sitios que son trabajadores con más de veinte años de experiencia ininterrumpida en la empresa privada o en la pública, da igual, que dicen desde su aurea mediocritas que ellos no creen en las huelgas generales que bastante tienen con que les quitan la paga de navidad o que la vida se ha puesto muy mal para que les quiten un día de sueldo. No saben que son unos privilegiados por tener un trabajo. Un trabajo de mierda valiosísimo. Una migaja de pan en el suelo. Eso es lo que tienen. Pero tienen algo. Hemos llegado a tal punto de hipocresía que no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Por poco que sea. Que le pregunten a los seis millones de parados o a los que van a los comedores sociales a comer y que hace unos años ganaban un buen sueldo. Que le pregunten a esos que hace unos años se reían de los mileuristas y que ahora ojalá fueran mileuristas.

     Pobres políticos. Si es que en el fondo dan pena. Piedad. Les echamos la culpa hasta de la lluvia como los italianos cuando llueve y dicen entre dientes, mirando al cielo: “porco governo”. Otros políticos son especialistas en huidas hacia adelante como elefantes en cacharrerías. Destrozan la sanidad pública y la educación pública cerrando hospitales y mandando maestros al paro y se envuelven en banderas e ideas nacionalistas para cegar al pueblo con las luces largas y el altavoz del nacionalismo secesionista en la oreja, pero en plan utopía, mayo del 68. Olvidan por completo que Cataluña no sería nada sin los trabajadores NO catalanes que la levantaron en los 60 y en los 70. Por no mirar un libro de historia catalana con familias reales catalanas y todo.

      Otra característica de políticos de toda latitud y cuna es que en vez de corazoncito tienen una cuenta en Suiza. Son más bien ya políticos cinturón negro cuarto dan, de parlamento autonómico para arriba. La cuenta en Suiza es inherente al político de primera división. Va con su manual de instrucciones por si algún día lo empapelan. Hace unos años en China fusilaron a un ministro de sanidad por corrupción. No abogo por la pena de muerte pero si es que aquí ningún cabrón se suicida porque le faltan huevos. Mis respetos para la gente con honor y mi desprecio para los inútiles. ¿Alguien ha dicho Senado?. Ojo que el 90 % de la calle piensa lo mismo.

      Aristóteles decía que el hombre es un animal político. Sin embargo en los tiempos que nos ha tocado vivir la frase de Hesíodo es la acertada: El hombre es un animal que come pan. Y punto. No hay más. Porque cuando falta el pan empiezan a llover las hostias. Hay días en los que te levantas cabreado y encima llueve.  Son días de furia que no salen en los mapas del hombre del tiempo.

 
                                                          
                             José Miguel Casado ©
 
 

    

domingo, 28 de octubre de 2012

Un respeto

          En la maltrecha cosa que tenemos por país, nos estrellamos cada vez que viene el recibo de la luz, el recibo del agua, cada vez que vamos al cine, cada vez que compramos un libro o cada vez que viene esa sentencia a muerte que es la letra de la hipoteca. Será un via crucis cada vez que nuestros niños pasen de curso, cada vez que nos examinemos 50.000 para una plaza de enterrador, cada vez que aprendamos una lección nueva, cada vez que vayamos a pagar las tasas de la universidad o cuando terminemos la carrera y nos pongamos a buscar trabajo desnudos. Ni hablar ya de los que empiezan a buscar curro a los dieciocho. Cada vez que un partido diferente al anterior gana unas elecciones generales coge a la educación y la manosea y la soba como quiere, abusa de ella como le da la gana y se la pasa por la piedra a su antojo, inoculándole sus virus, su historia, sus colores y sus reyes favoritos. Y cuando gana el otro pasa lo mismo. No les sale a ninguno de los huevos llegar a un acuerdo de estado (no tengo ganas de poner estado con mayúscula)  y concebir una educación consensuada y lozana que dure por lo menos dos lustros. No les entra en la cabeza a estos políticos ricachones, gilipollas y cobardes como pocos en la historia de España y que veo como aquel Fernando VII que vendía España a los franceses y que tenía al pueblo pasando hambre como ahora. Hoy hay que bajarse los pantalones ante “la troika” y la jefa alemana de ese centro comercial que se llama Europa.
      En el mercadillo del congreso se venden presupuestos sociales “los más sociales de la historia” ministro Montero dixit. Cifras como más de 350.000 familias deshauciadas desde que empezó la crisis. Jueces que ya por fín le llaman la atención a los bancos. Pero solo eso, les llaman la atención. Cifras como seis millones de parados pero vistas con optimismo porque es una cifra que crece muy lenta gracias a la recuperación económica. Con el optimismo de unas ministras que a final de cada mes les dan un cheque con casi diez mil euros por lo bien que lo hacen. Cifras como las que un diputado con cerebro de rata le ha exigido al ministro: 16.000 millones de euros con cargo al dinero de todos los españoles para financiar la independencia de Cataluña. Ve a tirarte urgentemente por una ventana so payaso. O esas “personas humanas” eurodiputadas españolas que firman una carta para exigirle a su gobierno español que no tenga la tentación de invadir Cataluña con tanques y aviones. Dimite la pava como secretaria general de los socialistas “españoles” pero se queda con el cargo de eurodiputada rasa  para cobrar los siete mil eurillos de sueldo al mes y que no se le acabe el chollo.  Más payasos para el circo de los políticos. El Senado y el Parlamento europeo son el refugio de todos los inútiles acabados de la política española y que ya han pasado por el Congreso y tienen que seguir mamando de la teta de esa vaca moribunda que se llama España, mientras más de un millón de familias tienen a todos sus miembros en paro y la gente se suicida porque el banco les quita la casa. Años de aplazamiento para grandes bancos en quiebra que junto a sus directivos roban miles de millones euros, mientras que para el pueblo una llamada telefónica un día antes para que dejes tu casa porque mañana van a ir a quitártela por deber 60.000 euros. El otro día vi por casualidad un billete de mil duros y me entró una morriña tan tremenda que se me saltaron hasta las lágrimas. Lo comparé con un billete de cincuenta euros y fue como comparar a un cuadro de Velázquez con un cromo. En eso que mi amigo Juan me dijo observando los dos billetes: Joder macho qué elegancia, que porte, qué hechuras, parece un título de propiedad al lado de un tebeo de la familia Cebolleta. Confucio decía que aprender sin reflexionar es malgastar energía. Me viene a la mente ese 2 de mayo de 1808 de un pueblo indignado machacando con navajas y palos a unos franceses armados hasta los dientes. No es lo mismo. No comparemos, son casos diferentes con dos siglos de diferencia, pero cuando a la gente le quitan todo lo que tiene, ya no tiene miedo porque no tiene nada que perder. Así que el que avisa no es traidor. Un respeto para el pueblo por si acaso.
                     José Miguel Casado ©
             

 

 

 

domingo, 14 de octubre de 2012

Felipe


              Cuando la moto desapareció por el rabillo del ojo y por el cristal de la ventana del bar, esperó contrariado a que también desapareciera el ruido. Recuperó la compostura habitual y se metió de nuevo en lo que estaba haciendo. A Felipe lo que le gusta es que le dejen leer tranquilo el periódico con su café con leche. Cuando llega al bar coge una silla y se pone a leerlo sobre la mesa. Le gusta empezar a leer desde la última página hasta la primera. En la página de pasatiempos hace las sopas de letras pero no entiende los jeroglíficos ni los sudokus. Su debilidad es la jugada de ajedrez. Los nombres en ruso, en hindú o en cualquier idioma de dos tíos enfrentándose en un tablero, le sorprende tanto que se encuentra todos los días leyendo ensimismado lo de negras juegan y ganan, Ivanov contra Valerikov en Moscú 1980, Charmin contra Ivanchuk en París 1994, o Raplytsko contra Narayahnan en Göteborg 1977.  Su lectura es un fetiche para él por su novedad y porque son diferentes a todo lo que lee en las ochenta o noventa páginas del periódico. Cuando se enteró de la existencia de las partidas de ajedrez por correspondencia, lejos de olvidarlo buscó información sobre el tema y se pasaba horas y horas pensando en cómo dos hombres hechos y derechos pueden jugar al ajedrez por correo, si serán personas normales o no, cómo viven pensando siempre en un proceso tan lento como una partida de ajedrez por carta. Se pone histérico si lo piensa y le puede dar una crisis de ansiedad.

      A Felipe no le gusta que le llamen viejo. Él dice que es una persona mayor que es muy diferente. Sabe que a veces es un poco tocapelotas con su familia y no digamos cuando se cabrea con alguien y ya pudiera ser el lucero del alba el que tiene delante, que le dice –súbete aquí y verás París, o –como te dé una galleta te jubilo, a ver si respetamos más a las personas mayores ¿ein?. Controlando la dentadura postiza para que no se le salga. Felipe es un viejo de los que cuando está en el paso de cebra esperando para cruzar y un coche frena para que pase, él le dice enérgicamente –¡no, no sigue, pasa tú! moviendo el bastón. Después termina cruzando en rojo. También le gusta hablar a voz en grito y cuando no entiende algo dice –bueno, eso ya es para gente con carrera y para superdotados o como se diga. Felipe vió una vez por la ventana de su cuarto de baño a su vecina de enfrente en bikini tendiendo la ropa. Eso fue el verano pasado. Desde entonces se pasa las horas muertas en el retrete esperando que salga agazapado tras el ventanuco ya sea invierno o verano y como cierra el pestillo, asusta a Pepita, su mujer. –Pero qué haces ahí tanto rato ¿Qué te has colao por el wáter o qué? –¡Que ya voy!, si es que estoy estrenío. Y tira de la cadena pensando   –la virgen qué susto me ha dado la Pepita otra vez.

     En el bar, cuando hay fútbol no parpadea ante la televisión y le da por mezclar el fútbol con la política porque tiene muy mala bebida y se le calienta la boca. Pero eso es cuando hay fútbol. Felipe en su casa es un pedazo de pan porque respeta mucho a  Pepita con la que lleva cuarenta años casado. No tienen hijos. Él a veces la ayuda con las tareas de la casa pero se detiene en seco porque tiene dos hernias de disco que no lo dejan vivir y que se trajo con el cheque de la jubilación de la fábrica de muebles donde trabajó cuarenta años. Pepita le sonríe y le dice que se está poniendo chocho que para qué se ha jubilado si le están saliendo botanas nuevas cada día. –El caso es quejarse, dice medio airada y medio en broma pero siempre comprensiva. Felipe oye eso mientras con la mirada perdida desde un sillón ve en la tele el anuncio de una mujer que dice que tiene hemorroides pero luego se cura y pone cara de alivio, luego ve dos viejos sentados en un banco cuyo único pasatiempo es distinguir la tos de la gente que pasa ante ellos.  –Eso es tos seca o eso es tos con mocos. Cuando sale una mujer que viene del futuro, con una lejía del futuro y con un traje del futuro, Felipe se queda dormido pensando  –ya podía haber traído del futuro la vacuna contra el cáncer en vez de una lejía, la gilipollas esta.  

                       José Miguel Casado ©