Desde hace tiempo unos se decantan por una actitud negativa hacia la vida en la ciudad y otros alaban las ventajas de vivir en la metrópoli o por lo menos cerca de ella. Es decir, en lo que ahora se llama pueblos del cinturón, como si la ciudad fuera una señora gorda que entre todos sujetamos.
Hay gente que vive a escasos diez kilómetros del centro y el transporte urbano tarda cuarenta y cinco minutos en llegar porque tiene que hacer la ruta por el cinturón del cinturón. Por las mañanas para ir a trabajar, aparte de los cuellos de botella con colas kilométricas, encontramos una autovía que se nos ha quedado pequeña y no nos hemos dado ni cuenta. A punto de cortarte las venas y ponerlo todo perdido llegas, ya dentro de la ciudad, a calles en las que la gente ha circulado durante dos siglos y medio en una dirección y ahora vas del revés, en otras calles, en cambio, te metes y miras a un lado y a otro escamado por esa tensa calma y esperas una emboscada de municipales o de alguna autoridad y lo que probablemente pase es que tienes tres o cuatro cámaras en el cogote para que no te quiten la multa ni con agua caliente. Ponte guapo que salimos en la foto.
Las pocas ventajas de vivir en la ciudad es que abarca los lugares de trabajo, o de paso, de casi todo el mundo, los hospitales de casi todo el mundo y casi todos duermen fuera de la ciudad. La gente necesita vivir cerca de la gente, necesita el bullicio de la capital, lo que algunos pueblos afortunada o desgraciadamente no tienen y son prácticamente grupos de casas en los que la gente duerme y se desplaza para vivir en la urbe. Es decir el pueblo dormitorio. Esto no es una costumbre, es la forma de vida de algunos pueblos del cinturón, sobre todo los que carecen de la vida que dan los comercios. Por supuesto no pasa en los más alejados de la metrópoli, aunque habría dos tipos de pueblos: los que son grandes en los que la gente encuentra de todo como en la ciudad y no superan los cincuenta mil habitantes y los que todavía conservan una vida rural, aunque sin envidiar en nada los medios y las comodidades de la sociedad urbana. Aquí encontramos la paz, la serenidad y el aire más puro, ternuras bucólicas aparte. Nunca comprendí el tonillo despectivo con la que algún pedante de capital califica a los que vienen de algún pueblo o ciudad más pequeña diciendo “…es que es de provincias”.
Quiero decir antes de que lo olvide que la preocupación por el medio ambiente en las ciudades es creciente y en sociedades como la nuestra, necesaria. Sin embargo las naciones se reúnen para firmar un tratado en Kyoto, en Copenhague o en Villaconejos de arriba pero unos dicen que firman y hacen lo que les da la gana y otros ni firman. Intentan salvar la tierra de los desastres ecológicos que producimos con residuos, centrales nucleares, incendios y mareas negras, pero resulta que la mierda de los países es tanta, que ya no saben donde meterla la entierran bajo el mar, el agujero de ozono creciendo o como hacen los franceses que alquilan un secano de Córdoba y nos comemos aquí sus residuos nucleares.
Yo ya no sé si vivir en la ciudad es óbice (como dice Juan José Millás ¿qué diablos será óbice?) para un repunte de enfermedades tan urbanas como el stress o de índole mental sobrevenidas como paranoias y locuras varias. Incluso el índice de suicidios es mayor que en sociedades más pequeñas. En palabras de algunos sociólogos partidarios de la vida rural, la mayoría de las ciudades son zoológicos humanos. Sin extrañarnos de nada, damos un paseo por alguna urbe de hoy en día (fuera de nuestro país, gracias al Altísimo), y podremos ver ejemplares que se presentan en un instituto o en un colegio, se lian a tiros y muere hasta el apuntador. Esto al otro lado del charco, porque aquí tenemos, quitando el terrorismo de los valientes gudaris, la marca “España profunda” de la que han salido asesinos o violadores de ascensor y portal -que por cierto nunca pagan bien lo que han hecho, con el dichoso tercer grado- hasta lo que pasó en Puerto Urraco por poner un ejemplo gráfico.
En las bíblicas Sodoma y Gomorra que han sido la bandera de la perversión y el vicio de toda la vida, o al menos eso es lo que dicen los curas, es probable que se viviera mejor que en nuestras urbes de hoy en día y la gente fuese todo el día en plan sibarita, rascándose la bisectriz todo el rato y en plan Pepe llena que nos vamos, pero por lo visto fueron unos incomprendidos y aquello acabó como el rosario de la aurora. En ciudades como Nueva York, que ostenta el título de capital del mundo y paradigma de la modernidad multimedia, multicultural, multirracial y multitodo de hoy en día, la gente vive con demasiada prisa y se empana la cabeza de preocupaciones esclavizados por el reloj. No solo en NY hay demasiado stress. Imaginen un ascensor averiado entre la planta ochenta y ochenta y uno. Tampoco tienen un aire para respirar muy limpio que digamos. También mis condolencias a los que tienen que vivir en el queso Gruyére que es Madrid con las obras, las vallas, los socavones, los ruidos y los atascos. Me da paúra como dicen los italianos.
No sé si en Sodoma pagaban mucho con el recibo del IBI o si la autovía hacia Gomorra se les quedó pequeña y no sé si en Nueva York tienen muchos badenes por las calles –imaginen esa 5ª avenida con el cartel de bandas sonoras- pero entre Sodoma y Nueva York, me quedo justo entremedias, aunque les envidie Central Park.
José Miguel Casado García ©
sábado, 14 de agosto de 2010
viernes, 16 de julio de 2010
Mundial hipérbole (5 mg.)
Al igual que la primavera, el mundial de fútbol ha venido y nadie sabe como ha sido, ni por qué ha sido, ni si ha habido preavisos, ni nada de nada. De golpe. Darnos la enhorabuena porque no siempre ganamos un mundial de fútbol. Bueno ganan los jugadores nosotros no ganamos nada. Felicidades por lo que nos toque, aunque después de la final vamos a seguir igual de tiesos, los jugadores se han embolsado cada uno seiscientos mil euros que se dice pronto, o cien millones de las antiguas pesetas rubias que también se tarda poco en decirlo, leñe. La mitad de ellos sin jugar un solo minuto. En lo referente a la final es de justicia destacar que los holandeses son unos sucios y malos jugadores. En vez de la legendaria naranja mecánica debería llamarse la naranja podrida. Qué despliegue de patadas de kárate, entradas segadoras y llantos al árbitro. Me siento mejor al decirlo. Si algún holandés tiene algo que decir que me lo diga. Menuda pica en Flandes hemos puesto y nunca mejor dicho. Destacar la catástrofe francesa que no ha pasado de la primera ronda y es que sin Zidane y su equipo el entrenador ha convertido eso en una casa de lenocinio. La catástrofe italiana, la caida de Brasil y sobre todo la de Argentina con ese entrenador que no recuerdo ahora como se llama. Sobre entrenadores digo que Vicente del Bosque no es un mal entrenador (no olvidemos que es el mejor que ha tenido el Real Madrid en muchos años) lo que pasa es que se ha encontrado una máquina perfecta creada por Luís Aragonés que fue cesado por un tal Hierro y un tal Villar. Caprichos de la vida.
Desde otra perspectiva más jocosa aunque no por ello menos seria, el mundial no tiene los mismos efectos físicos y psíquicos sobre la gente. Dentro del abanico de efectos, hay varios tipos de sintomatologías o reacciones meridianamente contrastadas y diferenciadas.
En un primer grupo de personas, el mundial, en dosis elevadas, provoca hastío, cansancio, sordera, afonía y a posteriori, hernia de hiato. Estos están inducidos por dosis elevadas de partidos vistos junto a varias personas a las que también les guste mucho el fútbol y acompañados con cerveza fría, ganchitos, pistachos, pipas, etc. Ojo con los ganchitos a la hora de ir al servicio porque todo lo que tocan lo vuelven de color naranja. Otro factor importante de cansancio se debe a las nuevas televisiones planas, véase plasmas, LCD´s, LED´s, o HMFJS´s, que la gente se compra tamaño sábana de matrimonio aunque su comedor tenga cuatro metros cuadrados. Esta imprudencia deriva en dolores de cuello, tortícolis, ataques de lucidez, varias catarsis seguidas, complejo de culpabilidad y ganas de acostarse. También en estas personas se da una lucha interior y ascética, similar a Santa Teresa cuando veía cosas y la liaba. La batalla interna se da entre ver el partido de las cuatro de la tarde con el calor y la flama libre y sueltos por toda la casa o dormir la siesta después del gazpacho y el plato alpujarreño pensando en el ventilador nuevo. El factor partido soporífero influye mucho en nuestra desgana, nuestra desidia y en nuestras bocas abiertas por el sueño. También pertenecen a este grupo la gente tumbada en la piscina o en la playa pegados al ordenador portátil, a la tele del chiringuito, a la radio, o a sus pensamientos propios mismamente. Estos pueden experimentar alteraciones gastrointestinales viendo el partido de las cuatro, sobre las cuatro y cuarto más o menos, normalmente tras beberse el café con hielo encima de los calamares y de las sardinas. No falla en un 90% de casos.
Nos encontramos también a un subgrupo de gente que va al trabajo pero rara avis y en porcentajes cada vez más pequeños ya que la madre crisis (en estado embrionario también llamada recesión) ha parido cuatro millones más de espectadores para el mundial. Parado arriba, parada abajo.
En un segundo grupo los síntomas son euforia, proferir tacos muy contento en un bar durante dos horas sufriendo síndrome de Tourette y en menor medida trastornos bipolares y de personalidad múltiple. Nótese también la tendencia de estas personas a utilizar el plural mayestático, para hablar de su equipo favorito como si fuera una posesión suya o del membrillo con el que están viendo el partido. Es tal la campaña publicitaria que parece que cobren algo a final de mes del club que defienden con uñas y dientes. También se conocen trastornos como el síndrome “te quiero tio, no yo te quiero más” tras la octava o novena cerveza, o el típico de la cancioncita del camarero una de mero, o las típicas frases tipo Chiquito de la Calzada, como “cobarde, te mueves menos que Vicente del Bosque celebrando un gol”, etc. El mundial supone un mes temible para los camareros porque tienen que armarse de valor, heroísmo, empatía y tacos nuevos para aguantar sin llegar al contacto físico con hooligans de uno o de otro equipo. La euforia puede derivar, hacia el final del mundial o incluso antes, ya en los cuartos de final, en episodios de ansiedad, hipertensión arterial, síndrome de abstinencia, depresión y trastornos alimenticios de diversa índole.
En el tercer grupo la persona experimenta rechazo directo parecido a un periodo refractario traducido en reacciones alérgicas como urticaria y estornudos, cefaleas, nauseas y en un tanto por ciento minoritario, migrañas. Este tercer grupo se da principalmente en mujeres de mediana edad y poco probable en hombres, aunque hay algún caso. A los dos primeros grupos les gusta el fútbol, al tercero ni se lo nombres o nos exponemos a chichones, erosiones, arañazos o algún hostión producido por un ataque de ira. En este grupo suele haber una batalla diaria por el mando a distancia de la tele, porque uno quiere ver el fútbol y la otra quiere ver todo menos el fútbol y si hay niños de por medio hay que ver el maldito canal Disney o el maldito canal Clan, donde sale ese dios infantil, sempiterno, ubicuo y amarillo llamado Bob Esponja.
Mencionar el paisaje urbano sembrado de banderas como después de la batalla, esta vez victoriosa, por todas las casas como salvoconducto que nos libre de algo y que a mi me recuerdan a bienvenido mister Marshall. Hay gente que tiene en su casa la banderita que venía con el periódico doblada en un cajón o en el revistero junto a la Interviú y a la duquesa de Alba.
Esas fuentes de todos los pueblos llenas de gente con los cables cruzados, dando alaridos, nadando en dos dedos de agua y tocando el pito del coche y las narices de los que están en su casa. Gente que quiere dormir o que ha elegido la opción de estudiar, leer un libro, ver una película o estar en su sofá porque simplemente les apetece. Aunque creo que es para celebrarlo porque no siempre se es campeón del mundo. Pienso que la cuestión de la celebración es como el tema de los toros, al que no le gusten que no vaya a la plaza. Haced lo que querais respetando a los demás y sin molestar a nadie. Buen lema para una sociedad.
José Miguel Casado García
Desde otra perspectiva más jocosa aunque no por ello menos seria, el mundial no tiene los mismos efectos físicos y psíquicos sobre la gente. Dentro del abanico de efectos, hay varios tipos de sintomatologías o reacciones meridianamente contrastadas y diferenciadas.
En un primer grupo de personas, el mundial, en dosis elevadas, provoca hastío, cansancio, sordera, afonía y a posteriori, hernia de hiato. Estos están inducidos por dosis elevadas de partidos vistos junto a varias personas a las que también les guste mucho el fútbol y acompañados con cerveza fría, ganchitos, pistachos, pipas, etc. Ojo con los ganchitos a la hora de ir al servicio porque todo lo que tocan lo vuelven de color naranja. Otro factor importante de cansancio se debe a las nuevas televisiones planas, véase plasmas, LCD´s, LED´s, o HMFJS´s, que la gente se compra tamaño sábana de matrimonio aunque su comedor tenga cuatro metros cuadrados. Esta imprudencia deriva en dolores de cuello, tortícolis, ataques de lucidez, varias catarsis seguidas, complejo de culpabilidad y ganas de acostarse. También en estas personas se da una lucha interior y ascética, similar a Santa Teresa cuando veía cosas y la liaba. La batalla interna se da entre ver el partido de las cuatro de la tarde con el calor y la flama libre y sueltos por toda la casa o dormir la siesta después del gazpacho y el plato alpujarreño pensando en el ventilador nuevo. El factor partido soporífero influye mucho en nuestra desgana, nuestra desidia y en nuestras bocas abiertas por el sueño. También pertenecen a este grupo la gente tumbada en la piscina o en la playa pegados al ordenador portátil, a la tele del chiringuito, a la radio, o a sus pensamientos propios mismamente. Estos pueden experimentar alteraciones gastrointestinales viendo el partido de las cuatro, sobre las cuatro y cuarto más o menos, normalmente tras beberse el café con hielo encima de los calamares y de las sardinas. No falla en un 90% de casos.
Nos encontramos también a un subgrupo de gente que va al trabajo pero rara avis y en porcentajes cada vez más pequeños ya que la madre crisis (en estado embrionario también llamada recesión) ha parido cuatro millones más de espectadores para el mundial. Parado arriba, parada abajo.
En un segundo grupo los síntomas son euforia, proferir tacos muy contento en un bar durante dos horas sufriendo síndrome de Tourette y en menor medida trastornos bipolares y de personalidad múltiple. Nótese también la tendencia de estas personas a utilizar el plural mayestático, para hablar de su equipo favorito como si fuera una posesión suya o del membrillo con el que están viendo el partido. Es tal la campaña publicitaria que parece que cobren algo a final de mes del club que defienden con uñas y dientes. También se conocen trastornos como el síndrome “te quiero tio, no yo te quiero más” tras la octava o novena cerveza, o el típico de la cancioncita del camarero una de mero, o las típicas frases tipo Chiquito de la Calzada, como “cobarde, te mueves menos que Vicente del Bosque celebrando un gol”, etc. El mundial supone un mes temible para los camareros porque tienen que armarse de valor, heroísmo, empatía y tacos nuevos para aguantar sin llegar al contacto físico con hooligans de uno o de otro equipo. La euforia puede derivar, hacia el final del mundial o incluso antes, ya en los cuartos de final, en episodios de ansiedad, hipertensión arterial, síndrome de abstinencia, depresión y trastornos alimenticios de diversa índole.
En el tercer grupo la persona experimenta rechazo directo parecido a un periodo refractario traducido en reacciones alérgicas como urticaria y estornudos, cefaleas, nauseas y en un tanto por ciento minoritario, migrañas. Este tercer grupo se da principalmente en mujeres de mediana edad y poco probable en hombres, aunque hay algún caso. A los dos primeros grupos les gusta el fútbol, al tercero ni se lo nombres o nos exponemos a chichones, erosiones, arañazos o algún hostión producido por un ataque de ira. En este grupo suele haber una batalla diaria por el mando a distancia de la tele, porque uno quiere ver el fútbol y la otra quiere ver todo menos el fútbol y si hay niños de por medio hay que ver el maldito canal Disney o el maldito canal Clan, donde sale ese dios infantil, sempiterno, ubicuo y amarillo llamado Bob Esponja.
Mencionar el paisaje urbano sembrado de banderas como después de la batalla, esta vez victoriosa, por todas las casas como salvoconducto que nos libre de algo y que a mi me recuerdan a bienvenido mister Marshall. Hay gente que tiene en su casa la banderita que venía con el periódico doblada en un cajón o en el revistero junto a la Interviú y a la duquesa de Alba.
Esas fuentes de todos los pueblos llenas de gente con los cables cruzados, dando alaridos, nadando en dos dedos de agua y tocando el pito del coche y las narices de los que están en su casa. Gente que quiere dormir o que ha elegido la opción de estudiar, leer un libro, ver una película o estar en su sofá porque simplemente les apetece. Aunque creo que es para celebrarlo porque no siempre se es campeón del mundo. Pienso que la cuestión de la celebración es como el tema de los toros, al que no le gusten que no vaya a la plaza. Haced lo que querais respetando a los demás y sin molestar a nadie. Buen lema para una sociedad.
José Miguel Casado García
sábado, 26 de junio de 2010
El arca de Noé
Cierto día por la mañana, sol, café y periódico, leí una de esas noticias que te dejan todo el día cavilando y no te dejan concentrarte en lo que estés haciendo. Seguro que no me equivoco. El domingo es el único día que puedo leer la prensa tranquilo. Uno lee, además de la dosis de política nuestra de cada día, pues que el ADN más parecido al del hombre es el de la mosca del vinagre. Lo leí dos veces por si me equivocaba. Creía que este cúmulo de imperfecciones con piernas (o con patas, según el caso) descendía del mono como mínimo o algo parecido, pero no, creo que sería demasiado afortunado el parecido. Si nuestros antepasados levantaran la cabeza... ¿es que no había más animales en el arca de Noé? Imagínense a Dios el día del reparto de ADN´s ¿se le traspapeló el nuestro?, ¿se le cayeron al suelo los frasquitos y nos mezcló con la mosca del vinagre?.
Lo positivo es que por lo menos hemos evolucionado, se supone, ya que en el mundo ya no ahorramos para ser pobres, ni hay guerras, ni hambre, ni miseria, ni abusos, ni hijos de puta que quieran reventar un autobús con una bomba, ni nada de esos malos rollos. Esto es el paraíso vamos y encima algunos políticos nos recuerdan que tenemos que apretarnos el cinturón y jubilarnos unos años después. Jubilarse el que tenga trabajo, claro. ¿No será que queremos viajar todos en crucero de lujo como en el bendito yate de Noé? ¿A quién no le gusta el jamón?. El mundo de los deseos, que diría Freud. Me da en la naríz que algo de eso hay si no el mundo no seria mundo ni podríamos vivir sin nuestras propias barbaridades y desatinos. Los siete pecados capitales van entroncados directamente al estado del bienestar. Deberíamos apreciar como oro en paño cada segundo de nuestra existencia y saborearlo como si fuera el último. Suena raro pero el Carpe Diem siempre ha sonado así. Es la única manera de vivir sin que nuestra cabeza se resienta. Mientras nuestra conciencia esté tranquila. Decía Oscar Wilde, que algunos viven la poesía que nunca escribirán y eso hoy en día en el mundo es tener un par de buenas razones bien puestas para ir tirando. Los periódicos del mundo dicen, que el ADN más parecido al del hombre es el de la mosca del vinagre. Por fín alguien se entretiene en buscar de donde venimos pero, Quo Vadis? Y además ¿por qué los redactores desperdician una ocasión como esa para cambiar de mosca y decir mosca cojonera? Blanco es y la gallina lo pone. Lo peor de todo es que los creacionistas se estarán partiendo la caja. A huevo.
José Miguel Casado García
Lo positivo es que por lo menos hemos evolucionado, se supone, ya que en el mundo ya no ahorramos para ser pobres, ni hay guerras, ni hambre, ni miseria, ni abusos, ni hijos de puta que quieran reventar un autobús con una bomba, ni nada de esos malos rollos. Esto es el paraíso vamos y encima algunos políticos nos recuerdan que tenemos que apretarnos el cinturón y jubilarnos unos años después. Jubilarse el que tenga trabajo, claro. ¿No será que queremos viajar todos en crucero de lujo como en el bendito yate de Noé? ¿A quién no le gusta el jamón?. El mundo de los deseos, que diría Freud. Me da en la naríz que algo de eso hay si no el mundo no seria mundo ni podríamos vivir sin nuestras propias barbaridades y desatinos. Los siete pecados capitales van entroncados directamente al estado del bienestar. Deberíamos apreciar como oro en paño cada segundo de nuestra existencia y saborearlo como si fuera el último. Suena raro pero el Carpe Diem siempre ha sonado así. Es la única manera de vivir sin que nuestra cabeza se resienta. Mientras nuestra conciencia esté tranquila. Decía Oscar Wilde, que algunos viven la poesía que nunca escribirán y eso hoy en día en el mundo es tener un par de buenas razones bien puestas para ir tirando. Los periódicos del mundo dicen, que el ADN más parecido al del hombre es el de la mosca del vinagre. Por fín alguien se entretiene en buscar de donde venimos pero, Quo Vadis? Y además ¿por qué los redactores desperdician una ocasión como esa para cambiar de mosca y decir mosca cojonera? Blanco es y la gallina lo pone. Lo peor de todo es que los creacionistas se estarán partiendo la caja. A huevo.
José Miguel Casado García
miércoles, 23 de junio de 2010
sábado, 12 de junio de 2010
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