martes, 1 de mayo de 2012

Objetos perdidos

 A la hora de buscar objetos perdidos dentro de casa hay que estar preparado para lo que sea. Sin caer en una desesperación cercana a la búsqueda de un niño en una tempestad,  hay que estar preparado para perder según qué cosas, ya que solemos liar una zapatiesta que ni una expedición decimonónica a Egipto. El sufrimiento varía según lo que perdamos en una escala que va de angustia mala malísima a zozobra maníaco depresiva. Del 1 al 10 claro. Por ejemplo si no encontramos la cartera con los carnets, las llaves del coche o un billete de 50 euros que creíamos tener, la angustia es de las gordas. El proceso mental para recuperar lo perdido consiste en sentarnos con los ojos entreabiertos mirando al horizonte y hacer un flashback al pasado más reciente hasta llegar al más remoto. Mientras pensamos esto tenemos cara de tonto. Casi siempre el esfuerzo de regreso al pasado es infructuoso y estéril. El siguiente paso si vivimos con más gente, es la búsqueda de culpables. Casi siempre el primer lugar de culpabilidad es para los menores de edad, en segundo lugar nuestra pareja y en tercer lugar uno mismo. La idoneidad del dicho “Siempre es bueno que haya niños” se aplica como una ley fundamental en el apasionante mundo de la búsqueda de objetos perdidos dentro de casa. Una vez descartados los menores con su correspondiente habeas corpus y una confesión exore parvulorum veritas, es decir, los niños siempre dicen la verdad, salvo alguna excepción como en todas las cosas, la sospecha ya recae como ya he dicho, en nuestra pareja (si estamos emparejados) y en última instancia, en nosotros mismos. Una vez metidos en harina, los lugares donde buscamos son de lo más variopinto desde debajo de los muebles hasta detrás de la lavadora. Sin embargo los que se llevan el Nobel al sitio donde están siempre los objetos perdidos son: el cajón de la mesa de la cocina y el primer cajón de la mesita de noche. En el cajón de la mesa de la cocina podemos encontrar una ferretería al completo, junto con pegamentos de textura variada, rollos de teflón, una colección de llaveros, cintas métricas, algún lápiz, una linterna, un bloc cuadriculado tamaño octavilla, un álbum de cromos del mundial 82, sobres pequeños para el dinero de las bodas, un sacapuntas y un sello. Un bazar chino. El primer cajón de la mesita de noche es otro baratillo de Estambul. Hay de todo menos calcetines. Hay un encendedor Zippo que no funciona, varios bolis, pastillas Almax, un anillo de calavera, un cupón de la once de hace tres años, un libro, muchas monedas de cinco y de dos céntimos. ¿Alguien sabe para qué sirven estas monedas marrones de pocos céntimos?, también hay un peine, otro llavero, un reloj Casio, una radio mp3, una foto carnet de hace diez años y un tebeo de Spiderman dibujado por Jack Kirby. ¡Ah! Y pulseras de esas que le ponen a los recién nacidos en el hospital y su correspondiente pinza del ombliguito. Puedes encontrar ahí tu conciencia o tu ánimo cuando no los encuentres. Sin contar las piezas de Lego del niño que son como la materia oscura en el universo y las podemos encontrar hasta dentro del cartón de la leche. A pequeña escala tengo más o menos el volumen de objetos perdidos que una oficina de cualquier aeropuerto. Lo que se nos extravía casi siempre también aparece en el cajón de debajo del cajón donde buscamos porque siempre se atranca al abrir y cae al de abajo. De cajón. Otro cantar es la ropa que cae de los tendederos de arriba. Es un intercambio de archivos de tela que si a la vecina del segundo le gustan las bragas que le han caído del cielo no dice nada y si no, tampoco las devuelve. Aunque nunca se sabe, porque las reuniones de comunidad de vecinos son verdaderos nidos de serpientes o de conspiradores, según y aquello puede transformarse en una zambra zíngara más peligrosa que un tiroteo en un ascensor.
                                                       José Miguel Casado ©


sábado, 14 de abril de 2012

Antonio Malagutti

     Antonio Malagutti es un mentalista fracasado. Por supuesto no es su apellido verdadero. Cosas de la farándula. Estéticamente lo tiene todo. Ni muy delgado ni muy gordo. Estatura normal. Todo normal. Cara redonda con una perilla extremadamente pulcra y simétrica, mirada penetrante y dramática, peinado hacia atrás terminado en coleta y bien vestido para cada ocasión. Bien vestido regular. Es un poco hortera a veces. Camisas estampadas o de colores vivos, que lo matan. En lo referente a su faceta  pitoniso-profética-futuróloga, trabaja en una televisión local echando las cartas del Tarot y en un periódico de la zona poniendo los horóscopos. Es infalible para el desatino, claro. Pero inasequible al desaliento. Es un poco desastre y a veces en la tele dice con los ojos entornados “¿Cómo se llama su hijo Fernando?” o ya cuando ha metido la pata, “Son las cartas las que me lo dicen, ojo, las cartas hablan por mí.” En realidad ni sabe echar las cartas ni sabe predecir el futuro ni nada de nada. Para poner los horóscopos en el periódico, consulta un periódico nacional o periódicos viejos. Su carrera como mentalista es otro desastre. Mira a algún voluntario o voluntaria fijamente a los ojos y le dice muy serio “Yo soy su pasado, su presente y su futuro”. Pero no le mete miedo ni a un chihuahua. Cuando le dijo eso a un sargento instructor en la mili mirándolo fijamente, le soltó una hostia que todavía le duele. Ha hecho algún bolo por los pueblos en las fiestas de agosto. Antes de salir al escenario siempre pone la típica banda sonora de Jean Michel Jarre para impresionar pero casi siempre termina todo como el rosario de la aurora. Le predijo a una mujer del público por ejemplo el color de las bragas que llevaba. Algo así como “¿Puedo decirle el color de sus bragas?” entre un mar de parroquianos que miraron a la vecina, aliviados de no ser ellos el objetivo del pitoniso. También predijo el número del cupón de la Once del día siguiente y el número del gordo de Navidad. Pero nada. El marido de la mujer de las bragas se enfadó un poco y le puso un ojo azul oscuro casi negro y alguien le pinchó las cuatro ruedas del coche. Sus actuaciones las salva con algún número de cartas de ilusionismo barato. Cuando tiene tiempo se entrena con las cartas Zener, con otra persona para acertarlas por telepatía. Pero no acierta ni una de las veinticinco o si acierta alguna es por pura estadística. Se traga horas y horas de videos de mentalistas consagrados e intenta copiarlos pero no consigue encontrar el puntito ni la tecla que le haga dar el salto a la fama. Como siga con esa gráfica de fracasos en sus vaticinios y profecías… no pasará nada. En absoluto. El mundo seguirá siendo un sitio relativamente tranquilo. En el periódico nadie nota sus fracasos porque jamás llama a la redacción un Leo o un Tauro cabreado para pedirle cuentas, ni en las cartas al director reciben nada parecido a “Sr director del periódico soy una pobre anciana Sagitario enfadada…” y en la tele les da igual porque son unos cutres con más deudas que el ayuntamiento de Madrid y Antonio se las arregla para que las llamadas no acaben excesivamente mal. Como mentalista no valdrá pero como charlatán no tiene precio. Es experto en darle la vuelta a la tortilla dialéctica. Antonio Malagutti vive con su hijo de quince años y le dice a sus amigos que su padre está como unas maracas. Lo que más le gusta son sus ligues. Un día trajo a una mujer que lo miraba muy fijamente ya que era otra mentalista-psíquica que se parecía a Gracita Morales y que por lo menos mientras estuvo con ella, Antonio Malagutti vestía con gusto y no combinaba los verdes con los azules. Antonio intentó una vez meter en su repertorio, el tema del escapismo. Pero eso. Solo fue una vez. Hubo que llamar a los bomberos cuando se quedó colgado de una grua, sin desatarse ni un poquito. Allí estaba el tío colgado como una morcilla a veinte metros de altura y pidiendo socorro. El hijo le dice que es un patético y que por qué no se busca un trabajo normal, pero como sigue en la radio y en el periódico, se da aires de estrella de televisión y de periodista consagrado cercano a la clase  “periodista tertuliano” que es la clase cinco estrellas que anhelan todos los periodistas. A veces en el tiempo que hay entre llamada y llamada en la tele, que casi siempre es demasiado, Antonio como buen charlatán, tiene que improvisar algo.  Suele decirle a los televidentes que él les llevará por el camino recto y por la senda del guerrero. Que llamen para que les solucione y les encauce sus pobres vidas y que Nostradamus a su lado era un semiprofesional sin carnet. Eso sí bajo la mesa siempre hay un cubata de JB que son los que a él le gustan.

                                                           José Miguel Casado ©

sábado, 7 de abril de 2012

El día según san Matías

     Matías está viendo la tele saboreando un pepinillo en vinagre derrumbado en el sofá y pensando en la jornada que termina. Se da cuenta que ha sido un día incomprensible, incompleto y surrealista. Le falta algo y no sabe exactamente qué es. De todas y cada una de las personas con las que Matías ha entablado conversación a lo largo del día, ninguna ha terminado esa conversación o se han ido por los cerros de Úbeda. En todos los casos Matías se ha quedado con la boca entreabierta sin decir ni mú y asintiendo con la cabeza a su interlocutor.  Ahora duda si tiene algún problema psíquico, dislexia o algo por el estilo. No ha sacado nada en claro y lo único que recuerda más nítido son los “holas” y los “hasta luegos”.  Matías tiene una frutería y recuerda que María, su vecina, le ha pedido un kilo de fresas y luego ha empezado a hablar de la loca de su hija y en lo mejor de la película, María empieza a hablar del tiempo, de las tetas de silicona que se rompen y se va. Matías recuerda a Paco, un viejo del barrio, que ha comprado un saco de patatas y ha empezado a hablar de fútbol y ha terminado diciendo que las papas están muy buenas y que él le exige a su mujer, pobre mujer, que le haga siempre las papas a lo pobre y se ha puesto como un basilisco y se ha ido. Luego entró un policía local para un tema de un vado permanente que hay junto a la frutería, el policía suelta una letanía de la ley tal barra no se cual y termina hablando de las películas de John Wayne y de lo bien que trabajaba. ¿Pero qué se ha fumado la gente hoy?.Dice Matías mirando al horizonte.
     Una mujer se ha equivocado de nombre y en vez de Matías le ha dicho Mateo y ha empezado a hablarle de su padre que se llamaba Mateo y entre sollozos le ha pedido un mango y una papaya que no estuviesen muy verdes. Al borde del chillido y entre cliente y cliente cuando no hay nadie, Matías mira al techo y pide por su alma al Cristo de la Buena Muerte. En ese momento de recogimiento, un coche con megafonía, inunda el barrio desde lejos. Anuncia un partido de fútbol y termina con una coletilla en la que el locutor dice “ven aaaal fúrboool”. Sí. Fúrbol con R en vez de T. Después entra en la frutería un niño de unos seis años, despeinado y con un moco verde incipiente que le ha preguntado a Matías, siempre en nombre de su madre, que si vendía bacalao y que si no vende bacalao, que le dé un kilo de plátanos. Todo esto en nombre de su madre. El niño ha preguntado, ya motu proprio, si vendía gusanitos y cromos de la liga de fútbol. Otra vecina que  ¡oh Zeus! no quería nada, ha entrado a la frutería a hablarle del novio que se ha echado la hija de otra vecina que es cajera de un supermercado. Después viene Antonia, otra vecina, y le pide que le dé unos plátanos que no estén muy verdes y unas uvas gordicas y que si sabe a qué hora pasa el autobús y que si ha visto lo mal que se pone la calle cuando llueve. Que se lo diga al ayuntamiento.  Antonia antes de terminar  lo que iba a decir, coge una intersección y le dice con los ojos muy abiertos y una mano en la cara, que ha subido mucho la luz y el butano y que se ha dejado el puchero puesto porque hoy viene su Javi a comer y le gusta mucho el puchero con cebollas en vinagre.  Cero coma dos segundos antes de que Matías pueda argumentar ni un solo monosílabo Antonia se larga y entra en escena Faustino un hombre mayor del barrio, que va siempre con la sonrisa en la cara estilo “Ha llegado un ángel” de Marisol. Lo malo es que a Faustino apenas se le entiende nada porque no vocaliza ni una sola palabra. Matías entiende entre el puré de palabras de Faustino, “médico” y “artrosis”, pero cuando está a punto de mandarlo al logopeda de urgencias, Faustino desaparece como por ensalmo. Matías, que hoy ya está a punto de resolver la conjetura de Poincaré sobre un papel de estraza, cierra la frutería porque se le va a ir la cabeza y se larga raudo y veloz antes de que venga otra petarda. Cierra como cuando levantan el puente levadizo de un castillo para que no vengan más enemigos. De camino a su casa sólo le pide al cielo que lo que hay dentro de una botella de cristal marrón en el frigorífico sea cerveza fría. Y eso blandito sobre lo que se tumba sea una cama. No pide más.
                                                               José Miguel Casado ©

miércoles, 4 de abril de 2012

Los amigos de la justicia

     Si yo supiera que escribiendo lo que escribo no me lee nadie, tendría una úlcera de estómago de las gordas. Como todo el que escribe, la necesidad de que lo lean a uno que ya tiene en vena el veneno que le dan los lectores, se convierte en una necesidad casi fisiológica que raya en la neurosis. Lo normal. Pero cuando lo que escribes no es una historia ficticia sino una denuncia, la necesidad de que te lean sí es terapéutica y no es ninguna broma.  La noticia la escuché en la radio:
     Un juzgado de Madrid concede a Gonzalo Pascual, socio del ex presidente de la CEOE en Viajes Marsans, (véase Diaz Ferrán) una pensión de alimentos de 2500 euros mensuales. Al oírlo sufrí una reacción en cadena: náuseas, trágica caída de la cama, golpe con en la cabeza con la esquina de la mesita de noche, carrera al cuarto de baño y vomitona en la taza del wáter la cena de la noche anterior. Este hombre pidió una pensión de alimentos de 6000 (seis mil) euros mensuales para él y su esposa al juzgado de lo mercantil número 9 de Madrid porque según su escrito presentado, el matrimonio se encuentra en una “situación de precariedad económica” desde que le declararon en concurso de acreedores. Hasta el punto de que “ha debido procurarse alimentos por medio de los escasos préstamos que les han dado las personas más allegadas.” El juzgado va y accede a la petición de alimentos de Gonzalo Pascual, pero rebaja sus pretensiones hasta los 2500 euros mensuales. Al tio se le quedó una cara como a Benny Hill cuando miraba a cámara riéndose.  A todo esto cito: “las cuatro grandes empresas del sector turístico han denunciado a este hombre y el ex presidente de la CEOE, por un supuesto delito de alzamiento de bienes y denuncian que la presunta situación de quiebra es ficticia, porque tanto Díaz Ferrán como Pascual han ocultado la mayor parte de sus activos para evitar su embargo y el pago a los acreedores”.
Este hombre ha pasado a sus hijos parte de su patrimonio “con reserva del derecho a disponer el 95% de lo donado lo que evidencia que tales bienes siguen bajo su control y ha ocultado bienes en México, Holanda y Portugal, donde dispone de dos fincas de más de 800 hectáreas en total”. Después de digerir todo esto, lo de siempre. Paisaje desolador. Familias enteras en el paro, familias desahuciadas, trabajos basura por 450 euros, una reforma laboral que sobrepasa con creces los sueños y anhelos de cualquier empresario y aquí paz y allí gloria. ¿Qué les pasa a los jueces de este país? ¿Por qué no despiertan de Matrix y bajan a la realidad?. Encierran a ladrones de gallinas y ponen pagas millonarias a empresarios estafadores de guante blanco. Yo no sé qué más circunstancias se tienen que dar para que pase algo gordo y haya una guerra de clases pero no estamos muy lejos de aquella Francia de las guillotinas. Que sí que muy terrible y todo eso. Pero ya eso se me antoja pura higiene. 

                                            José Miguel Casado ©


 


jueves, 29 de marzo de 2012

Curso del 68

     A don Juan le gustaba escribir en la pizarra cuadros sinópticos llenos de llaves, paréntesis y corchetes con letra cursiva muy bonita y renglones rectos como su alma. La verdad es que tenía una habilidad especial para escribir con  tiza los renglones rectos y perfectos sobre la superficie lisa de la pizarra. Don Juan era profesor de matemáticas además de sacerdote. En un colegio de curas de la España franquista, no era extraño que un cura fuera profesor de matemáticas, de gramática o de ciencias naturales contradiciendo al mismísimo Darwin, por supuesto y poniendo a Adán y Eva en el lugar del Homo Hábilis y del Homo Sapiens. La espada flamígera y todo eso. Cuando alguien llegaba tarde o hablaba en clase don Juan llamaba al reo a su presencia y le atizaba un sablazo que al sonar, el resto de la clase pegaba un respingo. La pena capital se aplicaba con una regla de madera, en las palmas de las manos. Como el acusado apartara la mano se le daba doble ración. Una en la palma y la otra en el dorso de la mano. El peor sitio para el reglazo era en las corvas o en el trasero. Donde empieza la raja de la hucha. Justo ahí nacía una reacción interna, un mecanismo físico que como un incendio en un día de viento activaba un dolor que arrasaba  desde el trasero hasta la garganta. Insoportable para un mindundi de nueve años. Aunque los castigos tenían más modalidades como una de rodillas con los brazos en cruz sujetando varios libros, otra de rodillas de cara a la pared o lanzar directamente a la cabeza un borrador, unas llaves o lo primero que pillara a mano el cura de marras ya fuera don Juan, don Pedro o la Santísima Trinidad, que todos eran iguales. La foto de Franco y el crucifijo eran los testigos mudos de esas clases inefables de gramática, de matemáticas o de geografía. Esos mapas ocres con Castilla la Vieja y Castilla la Nueva llenos de ríos y cordilleras que eran otro caballo de batalla junto con la lista de los reyes godos y las tablas de multiplicar que había que recitar cantando como los niños de san Ildefonso. Don Jaime era el profesor de catecismo y el encargado de decir las misas los domingos. Era un hombre de treinta y tantos años de metro noventa con gafas de pasta negras y ensotanado. Impresionaba pero era el más tratable de las fieras pardas con sotana que había en el colegio San Cosme y San Damián. A don Jaime era el único de los curas al que los alumnos le cogieron cariño porque tenía algo que los otros curas no tenían. Sentido del humor, piedad y juventud. Los otros eran unos carcas y unas bestias inmisericordes. Don Jaime sorprendió un buen día a todos los niños del colegio con una merienda de chocolate y churros para todos.  Lo más sorprendente no fue eso sino lo que precedió a la merienda. Un concurso de monaguillos catadores de vino. Esos monaguillos con las caras redondas y metidos en situación tan profesionales todos con su alba blanca. Había que distinguir entre vino puro, vino dulce y vino con agua. En una pizarra se iban poniendo los resultados. Tras dos horas de cata ganó Pedrito Galín, un niño de diez años pelirrojo y con el flequillo por las cejas. La verdad es que algún monaguillo perdió el oremus ese día, como Julito Perez que le dijo a don Jaime que un día vió una aparición. La aparición dijo que era su vecina en pelotas tendiendo la ropa en el patio. Julito se quedó sin merienda, obviamente. Pero la merienda fue un pandemónium. Esa fiesta de monaguillos perjudicados por el vino, riendo y hablando más de la cuenta sobre manteles blancos y que Velázquez olvidó pintar como pintó a sus borrachos. Demasiado estruendo en el patio del colegio. Era verano. Demasiados niños a la vez pasados de vueltas. Menos mal que don Jaime supo controlar la situación con la compañía de la guardia pretoriana: don Luís el cura de ciencias naturales, don Juan el cura matemático y don Enrique el director. Don Enrique tenía la característica peculiar de que era un cura de más de cien kilos con cara de verraco pero con una voz demasiado aguda para su aparencia y que cuando mandaba silencio, el silencio se volvía jolgorio. Para finalizar hubo una entrega de trofeos para el primero, el segundo y el tercer monaguillo catador. El pódium lo formaban Pedrito Galín primero, Javier Tolosa segundo y Marquitos Mitch, que era medio alemán, tercero.

                                                        José Miguel Casado ©

martes, 20 de marzo de 2012

Pink Violoncello

     Por las rendijas de las persianas polvorientas entran los rayos de sol de una tarde de verano como miles de agujas doradas y largas lanzadas en una explosión de calima pegajosa. Al mismo tiempo, en ese mismo instante, la vecina del segundo, una chica pelirroja con el pelo corto, se pone a ensayar con su violoncello. La tarde perezosa de un día de verano, se llena de notas musicales que cortan el infiernillo de la siesta de junio. El bloque de viviendas, de cuatro pisos, se llena de la música de violoncello. No hay otro ruido en una tarde calurosa de verano. En los árboles no se mueve ni una hoja y los pájaros han emigrado a sus apartamentos de la playa. En la calle todos los coches aparcados sobre el asfalto derretido de una ciudad de veinte mil habitantes del extrarradio. Solo alguna chicharra. Al mismo tiempo la pareja del tercer piso empieza a fornicar como si fuese el último día del mundo. Joder que prisas y sin parar, sin cortarse un pelo ni en gritos, ni en mordiscos, ni en perversión, ni en nada. El violoncello lo cubre todo. La mujer mayor que vive en el cuarto piso se está tomando una menta poleo con pastas y está viendo un programa rosa en la tele rosa del canal rosa. Oye al presentador y oye los gritos de la vecina del tercero que es taladrada sin cesar por su novio o su compañero o lo que sea. La mujer mayor del cuarto que oye a la pareja del tercero con notas de violoncello formando una melodía minimalista o new age o un mix, o como cojones sea, piensa que son unos guarros que ponen la música muy alta y que toman drogas. Unos degenerados y unos punkis vamos. Sin embargo cuando se los encuentra en la escalera o en la reunión de la comunidad son muy educados y no parece que sean unos guarros que tomen ninguna droga. En el primer piso vive el presidente de la comunidad. Un hombre viudo de setenta años coronel jubilado del ejército pero que se saca un sueldecillo extra traficando con armas. En este momento está leyendo el periódico con la televisión puesta después de una pequeña siesta. Está vestido con una camiseta de tirantes blanca serigrafiada en la que pone Ibiza y se ve una pareja besándose. El hombre tiene un pantalón corto de deporte y unas chanclas. Sobre la mesa tiene un café con hielo, una pistola Glock 17 y una Beretta F-92 nuevecitas. Sus próximas ventas. El hombre del primer piso tiene varios contactos en el ejército. Una cadena de contactos que desde el almacén de armas hasta él suman un total de cuatro. Ni más ni menos. Y cada uno se lleva su tajada. Aunque parezca que no, en la calle se venden las armas a muy buen precio. Hay que tener ojo y ser selectivo. Solo clientes vip y nada de kinkis ni equivocaciones. Tiene un protocolo quirúrgico para eso y le va bien. La pareja del tercero ya ha llegado al orgasmo. Un orgasmo que si llegan a estar follando sin música no hubiera sido el mismo ni hubieran llegado a ese climax tan explosivo que los teletransporta a esas cimas tan altas y tan vertiginosas. Están fundidos y les tiemblan las piernas. Se están duchando pensando en el polvo que han echado pero ya refractarios. La chica del segundo piso está terminando un allegro. Está desnuda sudando tocando el instrumento sentada en la banqueta de la cocina abierta de piernas y acariciando el violoncello. Parece la encarnación de una musa. De una diosa desnuda de la música.  Está dentro de un nirvana al que siempre llega cuando termina de ensayar. Un nirvana diferente cada vez. Pero un nirvana efímero. Subidón y bajón. Todo en silencio de nuevo. La vieja del último piso se ha dormido viendo la tele y pensando en la pareja del tercero. Tiene un sueño en el que todos se drogan y tocan violoncellos de color rosa y fornican en una orgía con famosos en un programa rosa de la tele. Las persianas del bloque de cuatro viviendas siguen cerradas y solo entra el sol longevo de la tarde de verano por sus agujeritos. Las agujas doradas se clavan en el violoncello, en su dueña, en la vieja del cuarto, en la pareja del tercero, en el traficante de armas del primero, en el bloque de cuatro pisos y en la ciudad dorada del extrarradio.
                                        José Miguel Casado ©

sábado, 17 de marzo de 2012

La ferreteria del Grabiel

           Yo solo quería cinco tuercas del 10. La primera mujer de la cola de la ferretería de un total de tres personas, está pidiendo algo rarísimo que hace que el ferretero ponga cara como si le hablaran en chino. El dependiente entorna los ojos poniendo la cara estándar que pone 23,5 horas al día excepto cuando entorna los ojos para leer alguna letra pequeña o cuando está preocupado y le dice a la mujer:  –Vete a la droguería de la Chari, que tiene de to lo más raro que busques. Efectivamente no es la primera vez que lo que no encuentras en la ferretería lo encuentras en la droguería de la Chari en una clara invasión de competencias o intrusismo flagrante por parte de la Chari.(como dice J.J. Millás ¿qué demonios significará flagrante?). La segunda mujer que va antes que yo, compra un hornillo, una caja de tacos del 6 y cuando veo al ferretero sacar una paellera de metro y medio me pongo la mano en la cara pensativo y nervioso. La radio se oye con un hilo de voz monocorde y agudo dando la brasa con lo del tiempo soleado y la socorrida frase “más de lo mismo”.  En la ferretería ya no cabemos, hay unos dos metros cuadrados y con la paellera de metro y medio y el hornillo, no cabe ni un mal aire. El dependiente tiene una parsimonia extrema que a la hora de cobrar los productos realiza siempre con el mismo protocolo  y la misma ceremonia. Con aire solemne de sacristán abre un libro enorme de hojas plastificadas y como un vademécum en el que pone el precio desde el tornillo más insignificante hasta las paelleras de cuatro metros, busca el precio del producto. Miro hacia la calle de único sentido y en la espera me da tiempo hasta de ver un coche que se mete en dirección contraria. Estadísticamente es raro de ver pero a mí me ha dado tiempo. A punto de que pase de nuevo el cometa Halley una melodía de Camela me saca de mi estado contemplativo. Es el teléfono de la mujer que me precede.
-Dime primaa.
-En la ferreteríaa.
-Una “pajillera” mu bonica, un hornillo y una caja tacooos.
-Si, con el Juani.  Vaale ahora voy.
He oído la palabra pajillera pero no me lo creo. Compruebo que la mujer realmente habla así y el dependiente con cara de sacristán con tonsura y todo, la mira fijamente y por primera vez noto que tiene ojos en vez de dos puntos oscuros. Pone cara de chiste y sonríe. La mujer tiene cuarenta y tantos años, morena, una coleta alta con una goma de color rosa. Va vestida con chándal. La sudadera con capucha es de una marca, el pantalón de otra diferente y lleva pantuflas de estar en casa. Cuando la mujer termina de hablar por el móvil le dice al dependiente: -Grabiel, cóbrame. Grabiel riendo socarronamente abre el vademécum edición limitada de las ferreterías y tarda un huevo en buscar los tres precios que le tiene que decir a la cliente licenciada en Harvard. Menos mal que solo quiero cinco tuercas del 10. La cliente de la “pajillera” se despide y baja las escaleras de la ferretería con la dificultad de un hombre orquesta. Perdón de una mujer orquesta. En la calle está a punto de ser atropellada por la furgoneta del panadero y por un ciclista muy mayor. Conforme se aleja, se va pareciendo cada vez más a una chincheta gigante con la paellera a cuestas. Mientras, se oye de nuevo la musiquilla de Camela.


                                         José Miguel Casado ©

jueves, 15 de marzo de 2012

Pili, Engracia, la Alpujarra

      Lo peor que le ha podido pasar a Pili es que su padre no tenga carnet de conducir. Pili no tiene hermanos y su madre tampoco conduce. Nada del otro mundo, excepto que Pili vive en un pueblo de la Alpujarra. El día de Año Nuevo después de una Nochevieja de juerga con las amigas y después de acostarse a las seis de la mañana, su padre la llama a las siete para que lo lleve a él y a unos jamones de la última matanza a un almacén de Trevélez. Una hora de sueño. Solo una. Pili no da crédito a lo que le está pasando y siente como una losa la resaca y los cero grados que hay en la calle. Maldice el día que se sacó el carnet de conducir y odia a su padre en ese momento más que a nadie en el mundo. El problema de la Alpujarra es que en invierno cuando el cielo está encapotado y empieza a nevar, no tiene nada que envidiarle a los paisajes del Señor de los Anillos. Incluso hay gente parecida a la que sale en el Señor de los Anillos. Pili se toma un café y sale cabizbaja de su casa abrigada hasta la nariz e intenta recordar dónde tiene el Seat Ibiza, andando con pasos muy cortos. Doña Engracia tiene noventa años, bastón, luto hasta la cabeza y es vecina de Pili. Puerta con puerta. Se levanta todos los días muy temprano y ese primer día de enero también. Se presenta ante ella como una aparición en medio de una tempestad y le pregunta siempre cosas sin parar. Porque doña Engracia es muy preguntona desde que está sorda como una tapia. Una de las sorderas más severas tratadas por la medicina.
-Pili, Piliii.
Doña Engracia llama a Pili como si fuese un monolito negro enmarcada junto a la fuente de piedra de la pequeña plaza que hay junto a las casas y en la que pone 1921 tallado burdamente.

-Buenos días doña Engracia.
-¿Dónde vas tan temprano con el frío que haceee?
-A un mandado.
-¿A dónde?
-A llevar a mi padre a un sitio.
-¿Qué? ¿A dóndeeee?
Pili cree que está hablando con una vieja enlutada de metro y medio de la que sale una voz con demasiados decibelios que como balas acribillan su cabeza. Pili está en lo cierto y recuerda que lo que hay frente a ella y que le habla es doña Engracia, la vecina. Cree que está viviendo una pesadilla y los últimos whiskys de Nochevieja le martillean en las sienes. Pero la única pesadilla es doña Engracia en sí.  Pero qué mujer más pesada, piensa Pili. Con la última pregunta de doña Engracia Pili estalla.
-A la mierda, doña Engracia. Me voy a la mierdaaaa.
-Qué alegría hija tener coche para ir a todos los sitios.

                                                         José Miguel Casado ©



domingo, 11 de marzo de 2012

Tecnología alemana



      Para algunas personas amanece muy pronto todos los días. La mayoría de los trabajadores de este país supongamos que se levantan a las seis de la mañana para trabajar en una fábrica textil o en una fábrica de galletas o en una frutería. Supongamos que cobran mil y pocos euros al mes. Si tienen un convenio medio bueno. Que ya es suponer. Hace unos años, antes de la crisis, la inocente sociedad en la que vivíamos acuñó el concepto del mileurismo y los mileuristas. Hoy eso es una quimera. Ojalá muchos de los trabajadores de este país fuesen mileuristas. No quiero aventurar números pero diría que ojalá la mitad de los trabajadores de este país fuesen mileuristas. Con la reforma laboral de Rajoy y la inefable ministra de trabajo de rostro picassiano Fátima Báñez, dicen que es una reforma laboral favorable para el trabajador y tan avanzada como las condiciones laborales alemanas. Tecnología alemana a su alcance. Es decir que con un sueldo pre-reforma laboral de por ejemplo, 1200 euros que cobraba un solo trabajador, ahora ese sueldo se repartiría entre dos trabajadores además se le sumaría el chollo del despido. Chollo para el empresario, claro. Se prima la cantidad sobre la calidad de los empleos y actuando como un ingrediente fundamental en ese potaje de confusión y sinsentido, los empleos basura de 420 euros por cuatro o cinco horas al día. O la ocurrencia peregrina de que los parados que están cobrando un subsidio hagan trabajos sociales. Esto es: hagan el trabajo de un barrendero o de un conserje y con ello se ahorren el sueldo del barrendero o del conserje. Sigo pensando que los únicos que van a sobrevivir a la crisis son los políticos. ¿Alguien ha visto a Zapatero desde que salió del gobierno y cogió su pensión vitalicia de más de 70.000 euros al año?. Quien dice ZP dice Rajoy, dice Cospedal, o cualquier político que se lo lleve calentito. Pues eso. Toma el dinero y corre. El postre es el menú de despidos a la carta para los empresarios. Tú te vas por esto y no por lo que tú crees y punto.  Despedir y con el menor coste posible con la puerta abierta a las excusas del “despido por razones objetivas”. Se echa a la calle a los trabajadores que solo pueden callar y ver cómo les dan veinte días por año trabajado y se pisotean sus derechos conseguidos treinta años antes. Rajoy dice que hay que ver cómo sois, qué mal rollo que me habéis convocado una huelga general antes de que pasen cien días de gobierno. Qué cabrones que sois. ¿Qué esperaba este hombre? ¿que los sindicatos le dieran las gracias y lo invitaran a una caña por lo bien que lo ha hecho?. Una reforma laboral por decreto que no ha dejado ni que los principales interlocutores sociales dialoguen, es una reforma laboral que nace muerta. También hay que mirar el dato de que si tenemos que esperar a que la CEOE y los sindicatos se pongan de acuerdo en algo nos dan los santos óleos podríamos perder físicamente alguna generación. No obstante ya se está perdiendo alguna y la gente se está yendo a Alemania a buscarse la vida. Aquí no tenemos vergüenza mientras dejemos que los tomates marroquís estén en nuestros mercados y dejemos que nuestros agricultores vayan a la ruina, mientras bebamos leche francesa y nuestros ganaderos tengan que tirarla porque Bruselas dice que tenemos demasiada o mientras los chinos nos copien el jamón de Jabugo y lo vendan a 1700 euros la pieza. Mientras dejemos que pase todo eso es que somos un país de simplones y de gilipollas. O las dos cosas juntas. Que le pregunten a Noruega y a los noruegos por qué no entraron en la Unión Europea. ¿Que tenemos que compartir nuestro petróleo con todos estos rebaña peroles europeos sin sacar ni su precio a cambio?, ¿Que Alemania es la madre y Francia es el padre?. Uníos vosotros que sois tan civilizados y compartís hasta la mujer como hermanos. O como primos.
                                                                     José Miguel Casado ©


lunes, 27 de febrero de 2012

El ecosistema de Juan

      Juan Peribáñez. Líquido a percibir: 3.567,34 euros. TI. Todo incluido como en un crucero. Eso es lo que ponía en la última y lejana nómina de Juan antes de irse a su casa por despido. Con la nueva reforma laboral le han despedido, después de unos cuantos años, por “razones objetivas” y le han dado 20 días por año en vez de 45. Razones objetivas son por ejemplo, que la empresa ha ganado un poco menos que el año pasado, pero aun así sigue teniendo beneficios. Hace un mes que terminó de cobrar la última prestación por desempleo y ahora va a pedir la ayuda familiar. Ayer estuvo en un polígono industrial y dio 35 currículums en 35 empresas diferentes. 35 años. Soltero. Su novia enfermera le acaba de dejar plantado después de cuatro años. Joaquin Sabina dice que si el dinero no entra por la puerta, el amor salta por la ventana. Correcto. Juan está desayunando en la cocina, café con leche y media tostada de aceite. Se dispersa con el olor de la cafetera, de las tostadas y el ruido del bullicio de la calle. Piensa que hay alguna ventana abierta. Juan vive con su madre. Está en paro porque en su empresa han hecho un ERE y han despedido a varias decenas de compañeros fijos-discontinuos como él. Es licenciado en historia pero eso en este país no es importante. Haciendo zapping pasa por el carrusel de todos los canales de la tele. Se para en uno de noticias. La presentadora dice que están aplastando a mujeres y niños en Siria por culpa de un dictador que no se quiere ir y con la ayuda de Rusia y China en la ONU, nada ni nadie le impide dejar de masacrar a su pueblo. Juan bebe un sorbo de café y se rasca un ojo. La presentadora de las noticias sigue diciendo que Francisco Camps aparte de haber salido airoso de un juicio acusado de cohecho impropio y aceptar regalos a cambio de favores, ha obtenido la calificación Cum Laude en la lectura de su tesis sobre la ley electoral en una universidad que se creó bajo su mandato. Por cierto la tesis tiene faltas de ortografía. Juan mastica un trozo de tostada mientras intenta asimilar lo que oye. La periodista sigue diciendo que el juez Baltasar Garzón ha sido apartado de la carrera judicial por once años. Ponen fin a su carrera como juez, por ordenar escuchar los teléfonos de abogados corruptos con clientes corruptos. Ha sido juzgado por un tribunal supremo que es un consejo de sabios de la tabla redonda casi octogenarios y que aún no ha hecho la transición del franquismo a la democracia. Los mismos jueces que también lo han juzgado por investigar los crímenes de la dictadura. Linchamiento judicial se llama. Juan se despereza y sigue las noticias embelesado moviendo los labios a la vez que la presentadora y levantando las cejas al mismo tiempo que ella. El sabor del café le amarga la boca. Recuerda que tiene una lista de la compra pegada con un imán con forma de plátano en la puerta del frigorífico que su madre le ha dejado antes de irse al trabajo. Su madre está limpiando casas por horas. La tele sigue sonando. Iñaki Urdangarín solicitó no ser grabado durante su declaración ante el tribunal que lo juzga. Se aceptó su petición. Acaba de salir de declarar después de 22 horas. Justicia igual para todos. Dice que él no sabe nada de nada y que la culpa la tiene otro. La portavoz de Consejo General del Poder Judicial al principio de una entrevista dice que todos los acusados son iguales ante la ley y al final de la misma entrevista dice que NO todos los acusados son iguales ante la ley. Considera muy graves las palabras que ha oído de la gente y de algunos políticos sobre el tribunal supremo y su condena a Garzón. Para ella son graves las palabras y las opiniones de la gente, pero la condena en sí no es grave y que tenemos que estudiar tanto como ella para comprenderlo y que nos la cojamos con papel de fumar para hablar de estas cosas y chitón todo el mundo. Anuncios. Cuando vuelven las noticias otro hijo de puta ha matado a su mujer en Barcelona. La pareja tenía dos niños de corta edad. Juan atiende una llamada al timbre. Es el cartero con un certificado de la seguridad social en el que le cuentan que aquella vez que estuvo de autónomo no está muy clara. Que tiene que aclararles unas cosillas. Factura de la luz y factura del teléfono. La presentadora de las noticias sigue hablando. Spanair ha quebrado y sin previo aviso se quedan en el paro casi cuatro mil personas. Mientras, el gobierno ha aprobado la reforma laboral por decreto en la que el despido será de 33 días por año trabajado y bajando. Aprobada por decreto es que los sindicatos y la patronal no se ponen de acuerdo ni en el color del caballo blanco de Santiago. Y el gobierno la aprueba unilateralmente raudo y veloz. Juan bebe el café ya casi frio y deja la mitad de la tostada sobre el plato. Barre el suelo de la cocina pensando en la carta certificada. Se ducha y se va a hacer la compra. En el coche recuerda que tiene que pasar la ITV mañana y que tiene que llenar el depósito. Casi un euro y medio el litro de gasoil. El mismo gasoil que el de los camiones que abastecen los supermercados de comida. Cualquier día se liará bien gorda. La radio del coche dice que al terminar este año podemos rozar los seis millones de parados y que los beneficios del primer banco de España cayeron un 21% en el primer semestre de 2011, hasta 3.501 millones de euros. Tiene cojones, encima si no puedes pagar la casa te la quitan y tienes que seguir pagando la deuda al banco. Eso es robar. Ojo han cambiado eso. Tienes que acreditar que tu mujer se prostituye y tu estás pidiendo limosna con los niños en la puerta de un Mercadona si no, tienes derecho a que te quiten la casa y la sigas pagando. Juan suspira resignado al ver a un gorrilla señalarle un aparcamiento.


                                          José Miguel Casado ©


viernes, 24 de febrero de 2012

L I F E

                    Tengo en las manos un libro que acaba de salir de la editorial Lunwerg sobre los Grandes Fotógrafos de la revista LIFE. Una de las revistas más populares y longevas de la historia del periodismo que empezó su andadura en 1883 y hasta 1936 fue una revista de humor y de información general. De 1936 a 1972 fue una publicación semanal más centrada en el fotoperiodismo. Del año 72 al 78 fue una revista mensual que salía como números especiales, como mera revista mensual de 1978 al 2000 y como suplemento semanal de varios periódicos de 2004 al 20 de abril de 2007 en que cesó su edición impresa. Tras este breve resumen de la biografía de LIFE tengo que decir que hemos perdido una verdadera vida. El hueco dejado es tal que se nota el coste precioso y el significado de una vida con su desaparición. Pero deja el vacío de muchas vidas. Con permiso de la agencia Magnum, la revista LIFE albergaba en sus páginas desde una guerra hasta documentos tan impresionantes como por ejemplo los efectos de la gran depresión o la cara de una mujer al enterarse del asesinato de JFK. Muchos fotógrafos están hechos de una pasta especial. Los fotógrafos de LIFE arriesgaron sus vidas para llevar la intimidad al reportaje de guerra. Robert Capa que estuvo en Omaha Beach en los primeros desembarcos del amanecer del día D, dijo la frase: “Si tus imágenes no son lo bastante buenas es que no estabas lo suficientemente cerca.” Lo que significa exponerse al peligro. A un peligro que ellos consideran el precio que hay que pagar por una buena foto en una guerra. Evitando todo lo posible pagar ese precio, traspasar esa línea límite tan fina, depende de si estás a un lado o al otro y significa estár vivo o muerto. La vida o la muerte por muy pocos centímetros . Ese es el riesgo de sacar la foto de tu vida. Capa no murió en Omaha Beach bajo las balas alemanas sino en 1954 al pisar una mina terrestre en Indochina.

El libro de los Grandes Fotógrafos de LIFE es un compendio de imágenes que son un deleite, un lujo y un regalo para los ojos del observador. Toda persona con alma de fotógrafo, ama la fotografía. Los fotógrafos de LIFE son francotiradores de la cámara que con paciencia infinita esperan a que surja el momento, el instante preciso que pasa y que a lo mejor ya no se repetirá nunca. Aman lo que ven y les encanta estar allí para hacer lo que hacen. Así podemos ver cómo jugaban los niños en las calles de la Roma de los años 50, la infamia de los campos de concentración nazis, las caras de los desempleados de 1939, impresionantes imágenes de la guerra de Korea o Vietnam, la belleza plástica del ballet Bolshoi de Moscú o la cara de los niños que ven un teatro de marionetas en las Tullerías de París en 1963. Los fotógrafos de LIFE son los testigos de excepción en una guerra o en el día a día de un médico rural de la Norteamérica profunda de la década de los años cuarenta. No hay truco para tan buenas fotos. Solamente hay que pasar lo más desapercibidos como sea posible. La empatía es el corazón de la fotografía pero sin tomar partido en el hecho histórico. Así con la discreción de la humildad como única arma, podían sacar en la expresión de la cara de un soldado todo el significado de una guerra. Las fotos de LIFE son la personificación de la historia. Las fotografías de este libro son una ventana al pasado y a los sótanos del siglo XX. Por eso la imagen fotográfica es el ingrediente fundamental y objetivo del hecho histórico. Generalmente los que escriben la historia lo hacen desde su punto de vista. Así un hecho objetivo lo encontramos contado de muy diferente forma en unos libros o en otros, escritos cómodamente por historiadores desde un sillón sin poner en duda, claro está, el trabajo de investigación. Pero no es lo mismo. Muy pocas veces el historiador está allí para presenciar y describir objetivamente el hecho histórico en sí. Los fotógrafos de una guerra pueden pagar con su vida por dejar constancia de lo que han visto y lo que relatan sus negativos de ayer o sus tarjetas digitales de hoy. Esa es la verdadera y única historia. La imagen de lo que pasó es esa y no otra. Los Grandes Fotógrafos de LIFE es un libro de historia imprescindible que debería enseñarse en las escuelas.

                                                            José Miguel Casado ©

sábado, 18 de febrero de 2012

Los jubilados

       Son las nueve de la mañana y el supermercado abre a las nueve y media. Ya hay gente esperando para entrar y coger los primeros números de la panadería, de la frutería, etc. Tres grados bajo cero en una mañana soleada de febrero. Tensa espera y ansiedad. La edad de las personas que hay esperando supera los 65 años. No falla. Todos con su pijama bajo el pantalón. Más de una cadera se ha roto con las carreras sobre el suelo encerado hacia los números. En el suelo ya están pidiendo entre gritos de dolor una indemnización. Pasado el momento crítico de la apertura, dos jubilados hablan frente a la frutería. Los dos tienen una mano ocupada con bolsas de la compra y esperan que les toque la vez en la frutería. No se veían desde hace un mes en el baile del hogar del pensionista. –Gabriel cómo estás hombre no te veo desde el baile. Pepe hace gestos con la mano que le queda libre de bolsas. No veas como pegué cebolleta. –Tú lo que eres es un degenerao, le responde Gabriel. Oye ¿has pagado lo del viaje a Fuengirola?. Sí, pero voy a ir porque vamos pocos que si no, no voy. A mí no me verás con el Imserso porque va mucha gente y siempre hay que estar levantándose a las siete y cuarto para las visitar una capital en la que no estás y unos monumentos que están en el quinto pino. Que si ahora pa Toledo que si ahora pa Cuenca y siempre está el listillo que da el peñazo porque sabe lo que pasó allí o porque la mitad están meando y la otra mitad están comprando roscos y hay que esperarlos a todos. A Pepe se le infla la vena del cuello y para de hablar para coger aire. –Y yo así no voy a ningún lado porque no estoy para esos trotes. Yo mis viajecicos con poca gente y mis bailecicos y a arrimar cebolleta. Pepe es soltero desde que nació. Ya tiene 66 años y es jubilado de Telefónica. Un tio con pasta. En el hogar del pensionista le dicen “el chico de oro” pero él no lo sabe porque allí son muy discretos y sólo se dedican al dominó, al rentoy, al tute y al vino. Una guarida de espías, vamos. Todo amenizado con el soniquete de Manolo Escobar, Antonio Molina o la tele con el fútbol. Gabriel es un hombre de setenta años y mecánico jubilado. Es el encargado de echar la primitiva. Algunas veces se queda con algún dinerillo antes de repartir cuando toca algo, pero ya no se fía porque Pepe anda últimamente muy espabilado y sabiondo y está a la que salta. Gabriel es afiliado a un partido político y su mujer a otro partido diferente. Por eso cuando viene muy serio por el hogar del pensionista, es que ha discutido con la Puri. ¿Qué te pasa Gabriel?, nada que la Puri me ha fundido los plomos. La Puri ha llevado siempre una vida recta e impoluta y no ha faltado ni un domingo a misa desde que estaba en la sección femenina cuando era una muchacha de provecho. En cambio su marido Gabriel lleva toda la vida bregando en una multinacional trabajando de mecánico y es un rojazo y un ateo. Pepe sigue hablando de sus viajes a Fuengirola y de cuando estuvo en Benidorm viendo alemanas y a la ignífuga María Jesús y su acordeón. No veas qué tía. No se quema ni envejece. Pepe vive con su madre que tiene 96 años y está como una rosa, como él dice. Aunque viene una chica colombiana de treinta y tantos años a cuidarla y a la que Pepe no deja de imaginarla sin ropa. Pepe es un viejo verde. Manolo el “muelleguita” es el camarero del hogar del pensionista. Es un hombre ojeroso, taciturno, de sonrisa pirata porque le faltan unos cuantos dientes y tiene la boca como un escaparate de bastones. Es un hombre de movimientos lentos por eso es el camarero de los pensionistas. Ninguno es que sea muy rápido de movimientos que digamos y lo de “muelleguita” se lo puso algún gracioso de los que lo ven todos los días. A Manolo le pierde el tabaco y como es un fumador empedernido de Ducados, sale a fumar fuera cada quince minutos sin perder de vista la barra porque hay muchas manos largas entre los tahúres del Mississippi. Si no sale a fumar se le nota nervioso y cada vez más lento de movimientos como si se le acabase la batería poco a poco. Su amor por el tabaco le llevó una vez a cogerle prestados a su nieto un par de cigarros a escondidas. Lo malo es que estaban aliñados con una rara hierba jamaicana. Ese día Manolo ponía los vinos y las tapas con una extraña sonrisa y decía que era Charlie. El de los Ángeles de Charlie.

                                             José Miguel Casado ©

lunes, 13 de febrero de 2012

Los monguis

             Fue una mala elección. Comprarle al moro Ahmed “Carauvapasa” esos monguis fue una mala elección. No es que costaran muy caros, unos sesenta euros, sino que ahora estaban dentro de una película de dibujos animados y no sabían cómo salir. Julio y Pedro. Pedro y Julio. Dos amigos de la infancia que ahora uno se cree que es un chicle y el otro ve como las palabras de la gente vienen hacia él y explotan delante de su cara antes de comprender nada. Ni oye ni comprende nada. Pedro trabaja en un laboratorio y cuando era pequeño sobrevivió a un accidente de bicicleta. Cayó por un terraplén de diez metros. Un brazo roto y una brecha en la frente. Su madre le dijo que no cogiera más la bici. Pero ni puto caso. El niño iba en bici a todas partes. Doña Úrsula era la señora del kiosco de las chuches donde Pedro se gastaba la paga. Era un kiosco muy sui géneris. Tenía un patio con mesas y sillas en las que se sentaban los hombres a beber vino y jugar al dominó. En el kiosco de doña Úrsula también se vendía vino y cerveza aparte de garguerías. En aquel tiempo Pedro le compraba chicles y pipas. Su madre compraba aquellas patatas fritas a granel que estaban de vicio y que hacía la misma doña Úrsula. Pedro trabaja en un laboratorio de control de calidad de juguetes. Aplasta cabezas de barbis, quema ositos de peluche y le arranca la cabellera a muñecos cabezones sin piedad. Su amigo Julio trabaja de cartero ocasional haciendo sustituciones. Menudo caos Correos, dice él. Julio de pequeño ganó un premio en un concurso infantil de televisión. Ganó unas acuarelas y un parchís. Se quedó segundo. El primero ganó una Torrot BMX. Desde entonces es un resentido. Julio fue un empollón hasta 5º de EGB. A partir de las divisiones por dos cifras, se jodió todo. En el instituto, letras puras por supuesto. En clase de educación física en 2º de BUP, se partió la mano al caer de la barra de equilibrios cuando vió el escote de una chica que creía que todavía no tenía ese escote. Ahora Pedro y Julio están intentando salir de la película de dibujos animados en la que se han metido por culpa de las setas alucinógenas que le compraron al moro Ahmed alias “Carauvapasa”. Personaje de los bajos fondos, ex legionario, camello de poca monta y feo de cagarse. Ahora Pedro se cree que es un chicle y se pega a las paredes con los brazos y las piernas abiertas, hecho un San Andrés. Si se despega de la pared le da mucho vértigo y se marea y grita pidiendo socorro y diciendo. –¡Julio, Julio, lo veo todo en 3D como en el cine!. -¡Ayudame!. Julio, por su parte, ve las palabras salir de la boca de la gente y éstas explotan ante él antes de llegar a entenderlas. Pone la cara como si le hablaran en chino. Está cagado de miedo. Cuando la tarde se va y empieza a oscurecer llevan veinticuatro horas alucinando y la peli de dibujos animados que es su vida, termina. Pero poco a poco. Los dos están sentados en un banco del parque recordando los años de escuela a carcajadas. El efecto de los monguis se ha diluido en sus cerebros como un terrón de azúcar en un vaso de leche caliente. Un perro destartalado se para ante ellos y los mira extrañado. En ese mismo momento un taxi está a punto de atropellar a una vieja que cruza la calle por donde no debe. La vieja esgrime su bastón como una espada de madera, con esa rabia asesina que les sale a los jubilados cuando el planing del día que tienen previsto en el cerebro se les desvía un milímetro. El taxista manda a la vieja a la mierda y se va. Pedro y Julio sentados en el banco miran la escena en silencio y vuelven a reírse sin parar. La cabeza les duele como nunca. Es una olla a presión llena de recuerdos de muchos colores gracias a su experiencia alucinógena con los monguis. – Somos unos gilipollas por lo que hemos hecho. –Por eso los llamarán monguis digo yo. –Menudo viaje. La virgen. Todo esto muertos de risa.


                                                    José Miguel Casado ©

viernes, 3 de febrero de 2012

Sábado bizarro

             El café caliente es un bálsamo reparador y bendito que como una necesidad fisiológica te alivia y te reconcilia con un mal día. Pongamos que ese día es sábado. Una mañana de sábado medio laborable. Los sábados me ponen nervioso porque no me entero si son laborables. Son incómodos hasta las tres de la tarde más o menos. ¿Si el jefe me dice que vaya el sábado a trabajar, voy? Ni idea. Sabat. Los judíos sí que lo tienen claro. No mueven ni un músculo innecesariamente los sábados. ¿Irán al baño o esperan hasta el domingo?. Para mí el sábado, es un día limbo. Otro sorbo de café. Recomiendo mi cafetera. Es una Ufesa, que aunque vieja, es la mejor que conozco. Mucho mejor que esas pijadas de cápsulas de George Clooney, que hasta Dios quiere una. Cojones con los caprichos y los caprichosos. No tendrá nada mejor que hacer a su edad. Café en cápsulas. Si nuestros abuelos levantaran la cabeza cuando hacían el café en un puchero. Dentro había café o lo que fuese y fuera esperaba sobre la mesa de la cocina, ese jarro de lata resistente a los golpes y a la historia que junto a los sellos de las cartas, era un icono del siglo XX. Saboreo el café mientras pienso que la ayuda de Windows nunca me lleva a la solución del problema. La mañana de enero es demasiado luminosa para mí. Ni a través de la ventana. Cuanto más sol hace, más me molestan los ojos. No puedo soportar la luz estridente en mis retinas ni de fiestas ni de soles. El sol de invierno entra por los cristales como un río de luz que parte la habitación en dos. –Buenos días. El señor Murphy (el de la ley) me da los buenos días. En mi casa es plantilla fija. Cuando no está conmigo, está con el resto de la familia. No falla. Es un tipo consecuente con su trabajo. Murphy es un hombre de unos sesenta años. Delgadez asceta, casi mística. Gafas de hipermétrope, calvicie consumada y traje oscuro impecable con corbata y zapatos cordobán de negro impoluto. Me comunican que tengo que poner una lavadora y largarme de paseo con los críos. Murphy dice que nada es tan fácil como parece y que la conclusión que saque siempre será. equivocada. Yo le recuerdo aquel verano que estuvimos en Nerja en el que si en el conjunto de los océanos del planeta Tierra hay una sola mierda flotando, te la encuentras en la playa de Nerja o donde te estés bañando ese verano. También me recuerda que sólo él sabe por qué colocan el prospecto de las medicinas por donde abres la caja. Y aquella vez en el otoño del 93 cuando una herramienta (sea la que sea) cayó por donde más daño hacía. Murphy también me cuenta lo de los cables que se pueden conectar de dos o más formas diferentes, la primera que pruebes es la que causará más daños. Mientras miro el cesto de la ropa sucia pienso si cabrá todo de una vez en la lavadora. Murphy me susurra al oído que meta toda la ropa junta y que en una playa nudista todos suelen estar mejor dotados que yo. A Murphy le gusta dar consejos. No puedes seguir una conversación normal con él sin que te suelte alguno de sus consejos o de sus leyes. Le contesto que algo peor que eso es que haya ropa azul, roja, negra, verde, amarilla, rosa, blanca y no saber si se puede meter toda junta o por separado. B/N o color. –Pues eso que la metas toda junta. Luego suele salir con tonos rojizos. Timbre. Abro todavía en pantuflas. Veo a tres hombres enanos regordetes trajeados como presentadores de telediario y peinados con la raya del pelo en el mismo lado de la cabeza. Me miran. Pienso en si es una cámara oculta o si son los mini Blues Brothers, los de Lego fan club o si son empleados de Willy Wonka. Me da risa cuando los veo escanearme de arriba abajo como tres máquinas sincronizadas. Les pregunto cortésmente qué desean y me dicen sus nombres. –Somos el señor Moody, y los señores Standard y Poors y queremos ver a ese capu… Queremos ver al señor Murphy. –Sabemos que vive aquí. Mi teléfono móvil suena en el bolsillo del pijama. Es Murphy. –No les diga nada distráigalos como sea. Le llamaré de nuevo más tarde. Empiezo a hablar nervioso. –Así que ustedes –les digo a los tres hombrecillos- son los artífices de ese emporio de las agencias de calificación ¿eh?. Me miran como a quien le cuentan un mal chiste. Joder. Están tan bien sincronizados que parecen tres juguetes teledirigidos. Tres pequeñas chimeneas de vaho en una mañana helada de enero -¿Dónde está Murphy? Tenemos que verlo. –No está. Hoy no ha venido. Los tres zapatos derechos de los hombrecillos se mueven como si su dedo gordo quisiera escapar por la impaciencia. -¿Saben ustedes que la ley de Murphy prevalece sobre cualquier otra ley?. –Lo sabemos. Por eso estamos aquí. A partir de aquí, la voz de los enanos se torna oscura y amenazante. –Dígale que como no salga lo convertiremos en basura. O peor aún, dice el señor Poors. En bono griego. Sabe usted de sobra que basta con que nosotros digamos algo y se cumpla al instante. ¿Y sabe usted por qué se cumple? Los tres susurran ahora con los ojos muy abiertos y empinándose al hablar. –Porque nos tienen miedo y lo peor de todo. Porque nos creen. Pero ese cabrón de Murphy no nos teme y su influencia es demasiado grande. Las sienes empezaban a palpitarme y la cabeza me iba a estallar. Cuando desperté estaba en mi cama con una resaca 5XL del viernes anterior. Recordé que estuvimos en una cena con antiguos compañeros de colegio y la cosa se alargó. Había un vaso con algo efervescente en la mesita de noche. Mi mujer y los niños se habían ido de compras. No había nadie en casa. Sonreí y eché de menos a los tres hombrecillos trajeados. A Murphy lo ví poco después. Él nunca tiene resaca.


                                     José Miguel Casado ©

jueves, 2 de febrero de 2012

Justicia tuerta

          Desde que aquel inefable alcalde de Jerez dijo que la justicia es un cachondeo hace más de veinte años, la cosa no ha cambiado mucho. Nos ha tocado vivir a los de mi generación una época peor que la de nuestros padres en lo referente al empleo y la economía. Cinco millones y medio de parados y subiendo cuando escribo esto en enero de 2012. Lo peor de todo es que instituciones como la justicia están entrando en una crisis de valores y de resultados en la que el ciudadano de a pie se siente indefenso. Por lo menos yo. Los tiempos que corren son altamente nocivos para todos. Cuando digo todos quiero decir familias de clase media con hijos y con hipoteca. A la estatua de la justicia se le está curando la ceguera. Por lo menos, del ojo derecho. La dama de la balanza va a salir de carnaval con un parche en el ojo izquierdo, en su nueva condición de tuerta, vestida de corrupto capitán pirata. La crisis es un pastel que se presta a cierta demagogia y que salpica hasta a la justicia. Pedir justicia para unos padres que le han asesinado y violado a una hija es un acto justo y legítimo no un acto de demagogia. Es pedir justicia. Pedir justicia para un juez también es eso. Lo que pasa que pedirle algo a la justicia puede significar pedirle peras al olmo. Algunos dirán que se las arregle él solito. Pero estamos en un país de Caínes, de Sodomitas y Gomorritas y de cogérnosla con papel de fumar por si vamos de cabeza al infierno al instaurar la cadena perpetua. Un juez que juzgan en tres juicios diferentes por tres causas diferentes por si se escapa del primer toro que lo coja el segundo. Algunos juzgadores son ex compañeros suyos resentidos y corroídos por la envidia y la bilis. Cuando Garzón encarceló a media ETA, todos los partidos políticos estaban de acuerdo en decir joder qué bueno era. Que le pregunten a Federico Trillo que ahora rie los males del juez en silencio. Cuando Garzón abre proceso contra los crímenes del franquismo, qué hijo de puta y qué rojo es. Parece que es malo intentar enterrar en cementerios a cientos de miles de fusilados que todavía están en las cunetas de toda España y a los que sus familiares buscan desde entonces. Los buscan no como un acto político como algunos quieren que sea, sino como un acto humano de querer enterrar al padre o al abuelo en un cementerio por si quieren llevarle flores y llorar por fin frente a su lápida. En este segundo juicio, medio mundo se lleva las manos a la cabeza y a muchos se nos cae la cara de vergüenza de vivir en un país que persigue a los jueces investigan crímenes de guerra de una dictadura ya sea fascista o estalinista. Gracias a la acusación del “sindicato” fascista Manos Limpias en las que se ha dejado llevar por el juez instructor (otro ex compañero de Garzón) a modo de “poned esto en la acusación para que salga adelante”. La fiscalía y la defensa están escandalizadas y de acuerdo en que se ha atropellado a Garzón y la parcialidad del juez instructor. El primer juicio al juez juzgado, es sobre escuchas telefónicas “ilegales” de la trama Gürtel y encauzado por el juez instructor ex compañero del reo. Las supuestas escuchas ordenadas por el juez Garzón son en la cárcel entre acusados del caso Gürtel (de la que a estas alturas sólo tenemos la punta del iceberg) Correa y Crespo y sus abogados, pero no para desmontar su estrategia de defensa, como dice el abogado defensor lumbreras y ex compañero también de Garzón, que no puede ser más rastrero y resentido, sino porque los mismos abogados están implicados en movimientos de dinero de los acusados a paraísos fiscales. Cuando se hizo esto se habían detectado previamente movimientos de grandes cantidades de dinero de cuentas de los acusados a Suiza o Belize. Blanqueo es la palabra. El mundo entero está mirando perplejo con la boca abierta y con los ojos de más de 200 periodistas acreditados para seguir los juicios de la vergüenza. Sigo pensando en que la justicia se está recuperando de su ceguera severa y se ha quedado tuerta en un país en el que unos padres ven impotentes que el asesino de su hija no les dice dónde está el cadáver y sólo le caen veinte años de los que no cumplirá ni la mitad, unas fuerzas de seguridad atadas de pies y manos para hacer hablar a un asesino y violador, un juez juzgado por investigar los crímenes del franquismo, unos políticos que aceptan regalos a cambio de favores y no les pasa nada y un yerno del rey que se puede ir de rositas también porque viendo lo que está pasando a lo mejor se libra porque el delito prescribe o porque es rico y poderoso. Que por cierto telefónica le ha renovado el “contrato de trabajo” por cinco años más y a cobrar 1,4 millones de euros por año. Gastos de colegios de los niños aparte. Porque tú lo vales y por lo bien que lo has hecho. Y por tocarse los huevos a dos manos. No hay más ciego que el que no quiere ver. No quiero olvidarme del pobre Miguel Montes Neiro que sin tener delitos de sangre lleva en la cárcel desde 1976 y juegan a enseñarle el caramelo del indulto pero sin dárselo del todo. La justicia es igual para todos. Una mierda como el sombrero de un picador.

                                   José Miguel Casado ©

viernes, 27 de enero de 2012

El proceso

     A eso de las ocho y media amanecí un domingo. Torpe y dormido, como un oso que sale de la hibernación, bajé las escaleras sin hacer ruido para no despertar a los demás. El maldito microondas hace más ruido que una reunión vecinal de tartamudos. Tiene más pitidos que las fiestas del pueblo. Café con leche. Tostada de aceite y ajo. Inciso. Me encanta el ajo. Pero los que tienes cerca te condenan al ostracismo más absoluto. Te conviertes en un arma biológica con gafas. Mientras bebo café pienso en cómo enfocaré el proceso. Cómo se supera el pánico inicial. Ese horror vacui a lo infinito y que se enfoca de mil millones de maneras diferentes y lo mismo tardas un minuto que cinco años. Y con mil millones de técnicas diferentes. Es algo tan vasto como el horizonte oceánico que ve un náufrago desde su madero. Es como asomarte a un precipicio que te hace cosquillas en el estómago y te repele. Pero te atrae al mismo tiempo. A través de la ventana veo cómo cae la lluvia. Hace frío. En el salón ya se oye a Bob Esponja. Ese ser omnipresente que oyes aunque no esté. Sigo viendo la lluvia a través de la ventana de la cocina. Mi mano derecha sostiene la taza de café con leche. Esa espada flamígera de los domingos que te da alas y con la que eres capaz de emprender las más descabelladas empresas. Y te crees poderoso porque crees que eres libre. Porque ese día es así. Los demás días solo sostienes una taza de café. Mientras la cafeína activa neuronas como interruptores apagados, se enciende de nuevo el proceso en el cerebro. Vuelvo. El proceso o cualquier otro pensamiento parecido a ¿no se puede mejorar el sabor del Frenadol? o tengo que comprar el periódico, tengo que leer estupideces inexorables porque no me queda más remedio o tengo que cambiar la bombilla del patio. Otro producto de la paranoia continua en la que me tiene el proceso y que cojo al vuelo porque casi se me escapa, me sumerge desnudo en el patio mojado bajo la lluvia. La vecina cotilla ya tiene material para años y el vecino bipolar empieza a hacer fotos. Mi cabeza vuelve a la cocina con un escalofrío recorriendo el espinazo. Estas ocurrencias son el impuesto que hay que pagar por devanarte los sesos y que van a acabar conmigo.  En la ducha sigo pensando en el proceso que me hace buscar miles de motivos para empezar y que proyecto como una cascada de iconos. Pero no sé cómo. Con la cantidad de cosas que hay coño. No entiendo a los que se dedican a eso. Y algunos hasta ganan dinero aunque la caguen. Lo importante es que la gente te conozca y luego para bien o para mal, ya se sabe. Con razón algunos… Nada. Todo es un pandemónium como una “canción” de black metal, que oyes mucho ruido pero al final te queda un caos en el tarro, que si no te estalla a lo mejor puedes sacarle algo. Mejor el ejemplo de un vino que te deja un buen sabor de boca. O su recuerdo antes de probarlo por segunda vez. Abro la puerta del patio y lleno mis pulmones de olor a tierra mojada. Adoro ese olor. Cierro rápido para que no entre el frío en la casa. Corriendo me voy al sótano donde creo que voy a comenzar la obra faraónica a la que me ha llevado el proceso. Por fin voy a desenmarañar la madeja. Por fin voy a juntar las piezas del puzzle a ver qué sale. Antes de matarme escaleras abajo con las zapatillas en chancla, de nuevo me asalta la duda. Dios otra vez no. Hay que empezar ya como sea. Ya lo he demorado bastante, me niego a retrasarlo más. Aterrizo en el sótano por fin como un águila caótica. El proceso es ya impepinable y va hacia adelante. Antes de nada me pongo la bata blanca de científico loco y pongo en la oreja a Ryuichi Sakamoto para que me baje un poco la cafeína. No hay vuelta atrás. El proceso inicia su andadura. Miro el blanco infinito del lienzo y empiezo a pintar un cuadro.

                                                                                               José Miguel Casado ©

miércoles, 4 de enero de 2012

La Toma de Granada

“Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy muy seguro.”

                                                                                                                                   Albert Einstein




      El día 2 de enero en Granada es una carrera hacia la meta de la imbecilidad más absoluta. Un día 2 de enero de 1492 el rey Boabdil capitula y entrega las llaves de la ciudad a los Reyes Católicos. Desde el siglo XIX se conmemora esta fecha con un tremolar de banderas desde el balcón del ayuntamiento y con la parafernalia propia de cualquier efeméride histórica de cualquier ciudad que ame su historia. Entre las filas de los maceros desfilando, soldados y el alcalde con los concejales, se encuentran tres bandos. Los de extrema izquierda, los de extrema derecha y en medio los de la gente normal que se pasan por la plaza del Carmen o que están de paseo con la familia como cualquier día festivo. El coro de los illuminati de la extrema izquierda voceando su verdad por un lado de la plaza e identificados y confundidos con ideas y banderas independentistas, perro-flautas, anti-sistema o como queramos ver al circo y a los payasos. Se ponen del lado del progreso y del pobre musulmán magrebí expulsado por los fascistas reyes católicos. Ojo con llamar a los musulmanes, moros ya que es una palabra también del glosario fascista. En el coro de los otros illuminati de la extrema derecha nos encontramos con los ociosos abuelos cebolletas cantamañaniles que cara al sol y brazo en alto ladran la vuelta de Isabel y Fernando y del pequeño ruiseñor. Todo ello con sus banderas preconstitucionales y sus camisas oscuras del siglo pasado. Total. Una vergüenza. Sin embargo aunque en el siglo XV los Reyes Católicos expulsaran a los moros y se cargaran hasta al apundador, era el siglo XV y las guerras se hacían así. Si Boabdil no hubiese sido expulsado a su tierra, Granada a lo mejor hoy sería otra provincia de Marruecos ¿no?. Los 300 espartanos dieron su vida en el desfiladero de las Termópilas pero antes hicieron albóndigas con los persas que representaban no solo a los malos sino a la peor idea de todas: el fanatismo. Que no quiero ser demagogo pero la historia es así aunque luego no le guste a los que viven cómodamente, sean de la izquierda mora o de la derecha racista, en un país democrático cinco siglos después. Cualquiera de Málaga, de Jaén o de Australia que estuviese de vacaciones en cualquiera de los múltiples hoteles de la ciudad más turística de España, se preguntarían ¿Pero qué espectáculo es este? ¿Es que en esta ciudad se han vuelto todos gilipollas?. Para más inri matan al mensajero y le parten la cara a un periodista por ser de un medio determinado y no de otro. Me da igual del medio que fuera el periodista. Es una auténtica aberración y una vuelta al pasado más cavernícola cargarse derechos fundamentales como la libertad de expresión. Que no estamos ni en el Congo, ni en Irán, ni en México, ni en Rusia.

                                                                              José Miguel Casado ©


viernes, 23 de diciembre de 2011

Paisaje tras la lotería

         Para mitigar el vacío y la desolación que me deja el sorteo de Navidad de la lotería, ya a toro pasado y tras comprobar que la fortuna ha dado la espalda a mis números, pongo en el comprobador de internet el número del gordo y una cantidad jugada. Pongamos por ejemplo sesenta euros y debajo sale: Le han correspondido un millón doscientos mil euros. Lo hago varias veces. Es mano de santo y quieras o no, te relaja un poco y te cura en parte ese hueco y esa cara que se te queda siempre después de perder lo que has jugado y ver que no te ha tocado ni un céntimo. Es como un post operatorio que hay que seguir cuidadosamente. Un año más. No es que sea ludópata pero en Navidad que si un décimo de la prima de Utrera, otro del colegio de los niños, otro del bar y así vas sumando y subiendo y mayor es el batacazo. Creo que influye algo en nuestro cerebro el anuncio hipnótico del hombre calvo de la lotería que va soplando el polvillo de la suerte por donde pisa. Este año el calvo no estaba y salía una fábrica de bolas de lotería. Una fábrica enorme, casi alemana, en tiempos de paro endémico. Son ganas de provocar. No sé. A decir verdad este año no llevaba muchos números porque ni siquiera tengo horno para los bollos del refrán. Hay un cura en un pueblo de Granada donde el año pasado le tocaron cien mil euros. Después del susto inicial, ese ¡ay! que todos daríamos con cien mil euros (y con menos) que nos tocan en un sorteo, el hombre lo está repartiendo todo entre las familias necesitadas del pueblo y apuntándolo todo, cual tendero de ultramarinos, en una entrañable libreta en la que lleva las cuentas de la vieja al dedillo. La verdad es que hoy en dia con la que tenemos encima hay que estar hecho de una pasta muy especial para hacer eso. Hay gente que le pide para comprar comida o para pagar el recibo de la luz o seis mil euros que dio para un niño enfermo. Eso es un cura con dos cojones y consecuente con la teoria y con la práctica no ya de la Iglesia, sino del sentido común. Otros curas, ni en la práctica ni en la teoría. Podían tomar ejemplo desde ellos mismos hasta las imágenes de sus iglesias que algunas parecen raperos poligoneros con la cantidad de oros que les cuelgan. Este año la cantidad que toca en los premios de la loteria de Navidad ha subido. De trescientos mil a cuatrocientos mil euros al décimo por el mismo precio. Qué derroche de generosidad, pensarán algunos, por parte del estado que nos aflige y nos compunge cuando nos aprieta el cinturón casi hasta dividirnos como a células indefensas. Pellizquémonos y despertemos al que se haya quedado dormido por si sueña. Ni que decir tiene que las probabilidades de que el gordo sea nuestro número son mucho menores porque hasta el año pasado se jugaba hasta el número 85.000 y este año se juega hasta el 99.999. Casi nada. Subimos los premios pero ya redondeamos y metemos hasta cien mil bolitas en el bombo. No podía faltar la figura navideña del político al que mientras están juzgando le tocan un huevo de millones. Ya pudiera haber un millón de bolas en el bombo que le toca. Con la crisis que hay, como si dijéramos “con la gripe que hay”, la crisis es ya una cuestión casi de salud pública, la recaudación de las loterias crece exponencialmente. No falla. Cuanto más tiesos estamos, más viciosos nos volvemos. Yo ya no sé qué ritual seguir para que toque algo. Desde disfrazarte con muchas moneditas pequeñas pegadas al cuerpo como algún lumbreras de los que salen en la tele hasta visitar a alguna tribu del Amazonas a que me suelten con una cerbatana, vía nasal un viaje de peyote. Menudo viaje. Hasta el día 22 de diciembre me lo han cambiado. Recuerdo como un ritual antiguo, cuando veía de niño a los niños de San Ildefonso por la tele. Siempre en pijama y sentado bajo las enaguas de la mesa camilla. El colacao, las galletas, el tebeo, etc. En la calle hacía un frío del carajo. El gordo siempre tocaba donde había caído la gota fría ese año. Siempre tocaba en Madrid y en Valencia. Ya ni eso. Ni siquiera hay gota fría. El invierno es ahora un sospechoso calorcillo primaveral raro, raro, raro, como diría papuchi. Antes casi todo venía de Madrid. Los invasores de Marte venían de Madrid, Pixie y Dixie venían de Madrid, hasta los niños venían de Madrid y no de Paris. Mi amigo Paquito Corbalán me decía que todas las tias buenas que salen en la tele, los anuncios y todas las películas sin excepción, venían de Madrid. El gordo o los siguientes premios siguen cayendo en Madrid. O de Madrid para arriba. Está claro, toca donde han hecho el anuncio del calvo de la lotería. O cayendo en lugares donde me veo siempre diciendo desde que era un niño, “joder qué lejos” como Huesca. Y apago la tele.

                                                                   José Miguel Casado ©